jueves, 20 de diciembre de 2007

Tienen Derechos los homosexuales en Colombia

Manuel Velandia Mora
El Espacio, Bogotá, Colombia
2001. Oficina de prensa
Candidato ala camara por Bogotá

Los seres humanos tenemos la insana costumbre de estarnos comparando permanentemente con los demás; a ello se suma que socialmente se han establecido unas normas que han determinado el “deber ser” para los comportamientos de las personas y que esperamos ellas vivan bajo estos parámetros. Este “deber ser”, si hacemos referencia a la sexualidad, es heterosexual, masculino, falocrático y machista. Desde estas perspectivas ser homosexual rompe con el modelo que se ha tomado como base para la comparación. Este análisis ha llevado a algunas personas a preguntarse si los homosexuales tienen derechos, e inclusive, a plantearse que no hay derecho a ser homosexual.

Las preguntas sobre los derechos no son recientes, como tampoco la estigmatización, la discriminación, la homofobia y otras formas de violencia en contra de los homosexuales. Recordemos que en los campos de concentración en Alemania fueron exterminados más de cuatrocientos mil homosexuales; en Colombia los grupos guerrilleros han inducido al desplazamiento a algunas personas con esta orientación sexual, y que grupos paramilitares han realizado procesos de “limpieza social” en los que han sido asesinados varios cientos de homosexuales.

Tenemos derechos por el hecho de ser personas humanas. Ser homosexual no niega el hecho de ser persona y menos aún, el ser humanos. Compararse con otros es un acto inútil. Cada ser humano es único. No hay nadie como él o ella.

Nunca ha habido ni habrá otra persona como yo. Soy tan único que soy irrepetible. No puedo ni siquiera repetirme a mi mismo. Repetir-se es imposible ya que cada hecho de nuestra existencia se sucede en un tiempo, en un espacio, con unas personas, y cuando intento re-hacerlo el tiempo es otro, el espacio que consideramos el mismo no lo es, porque la tierra está en permanente movimiento, y además, porque las emociones que se suscitan en el encuentro con el otro no son permanentes sino fruto del momento y por tanto de lo que nos está sucediendo en ese tiempo y lugar.

Como seres dinámicos que somos, no solo cambia nuestro cuerpo, también cambian nuestras emociones y saberes. Todo hecho en el que participamos genera experiencias únicas y por tanto diferentes. A partir de los hechos reconstruimos nuestra historia. Recordemos como la relación con esa persona que hace apenas unos meses nos parecía lo mejor que nos había pasado en nuestra vida, después de un disgusto, la reconocemos diferente, la vemos ahora como un ser insoportable del que no logramos entender cómo logró ser parte importante de nuestra existencia.

Nuestra evolución, igualmente es permanente. Evolucionamos a partir de cómo concebimos nuestro futuro. El futuro empieza hoy, ahora mismo. En la medida en que yo concibo algo para mi, yo empiezo a actuar desde esa posibilidad y eso cambia mi presente. Mi presente es el futuro que estoy construyendo. Por ejemplo, si yo quiero ser una viajero que va a ir de vacaciones a Miami, entonces yo me pienso y me asumo viajero. Incremento mis ahorros, me preocupo por hablar un poco de inglés, hago contactos para tener un pasaporte, una visa. Averiguo por hoteles, sitios turísticos; en fin, mi vida cambia. Al transformarse mi interés cambian necesariamente mis emociones, mi manera de pensar, de actuar, de sentir.

Al pensarnos seres estáticos olvidamos que los otros y otras cambian de la misma manera que nosotros. Cada uno de nosotros y nosotras tiene una manera particular de contemplar el mundo, de explicárselo, de experienciarlo; además, cada quien considera que su manera de hacerlo es la correcta, la apropiada, y que los demás deberían asumir la suya como el modelo, como el “deber ser”.

No puede negarse que en ese “deber ser” hay una marcada influencia del pensamiento dominante en la cultura de la que hacemos parte. Si vivimos en una sociedad machista, sexista, homofóbica, en una cultura marcadamente judeocristiana, entonces asumimos esas actitudes como modelo y esperamos que el mundo y las personas se asuman en esas mismas condiciones y prerrogativas.

Esto por supuesto nos genera una gran contradicción. Si se es padre o madre, sabemos que amamos a nuestros hijos e hijas y que queremos lo mejor para ellos, y aun cuando los veamos felices, el “deber ser” nos afecta tanto que hacemos lo posible porque ellos lo asuman como su modelo de vida. Olvidamos que cada uno de nosotros lo ha trasgredido, de alguna forma, para asumirse en su “querer ser”. Por ejemplo, nos hemos vestido distinto, comportado diferente, relacionado con quien nos han dicho no es la persona con quien debiéramos hacerlo, estudiamos lo que queríamos y generalmente nos dedicamos a hacer lo que más nos gustaba, actos que no siempre respondieron a lo que nuestros padres y otras personas en el entorno deseaban y pensaban era los mejor para nosotros.

Sabemos que asumir nuestro “querer ser” nos ha transformado, hecho felices, más plenos. Cuando pensamos en los demás olvidamos nuestra propia historia y entramos a modelar sus existencias desde el “deber ser”. Como creemos que esa es la manera correcta de ser les exigimos, incluso con violencia, que asuman ese modo de vida. Hemos hecho tan nuestro el modelo que entendemos que si alguien no lo acoge no lo hace porque está buscando su propio bienestar sino por estar en contra nuestra.

La homosexualidad de una persona es una opción eminentemente particular de vivir su sexualidad. Cada homosexual, cada lesbiana, cada bisexual y por supuesto, cada heterosexual, es decir, yo mismo que estoy leyendo he decidido sobre la persona o personas con quien realizar mi deseo, mi afecto, mi erotismo y mi genitalidad.

La Corte Constitucional en Colombia en su doctrina ha sido muy progresista en el reconocimiento de la persona homosexual. Ha señalado una serie de derechos individuales para los homosexuales: educación, vivienda, ser maestros, prestar el servicio militar, ha negado otros: herencia, seguridad social, adopción y ha sido bastante represiva en sus planteamientos en cuanto a derechos colectivos, como los derechos de pareja.

Aun cuando esa decisión particular me produzca algunos conflictos internos e incluso con otras personas, sé que eso es lo que deseo ser y lo entiendo; pero cuando es otro, ya sea mi hijo, hija, hermano, estudiante, feligrés, amigo o vecino lo hace se me dificulta comprender las razones y emociones por las qué parece ir en contravía mía, o mas correctamente en contra del “deber ser” establecido como norma del comportamiento.

A cada uno de nosotros le parece extraña la manera como los demás viven su genitalidad. Consideramos que hay una cantidad apropiada de parejas o de relaciones genitales por semana, por día; una manera correcta de hacerlo que determinan quien se coloca arriba o bajo, quien gime, cuando y en qué tono debe hacerlo, algunos nos han dicho que tan solo es posible para la procreación, o que si la mujer disfruta demasiado entonces se le puede señalar de prostituta... y olvidamos que si cada uno es único entonces su manera de obtener placer es diferente a la mía, que sus gustos, deseos, necesidades, emociones, explicaciones frente a su sexualidad le son tan propias como me son las mías.

Sería incorrecto hablar de la homosexualidad. Lo apropiado sería hablar de las homosexualidades ya que si cada uno vivencia su orientación sexual de una manera tan particular entonces hay tantas homosexualidades como homosexuales hay, y por supuesto, entonces también se haría conveniente hablar de heterosexualidades, bisexualidades, lesbianidades... sexualidades.

Si en su “querer ser” alguien decide que la orientación sexual que desea vivir es la homosexual, entonces tiene el derecho a ser homosexual, a tener una identidad homosexual y un estilo de vida acorde con lo que ha determinado como lo apropiado para su ser. Si es homosexual, entonces el lógico que se encuentre con homosexuales, que frecuente sitios a donde acuden personas con esta orientación, que se preocupe por el tema y incluso, que defienda sus derechos como tal.

En algunas ocasiones decimos que aceptamos que una persona sea homosexual, pero bajo la condición de que esa persona viva su homosexualidad como nosotros consideramos que debe vivirla. Queremos escoger sus amigos, los sitios a los que asiste, la manera como se comporta e inclusive, la pareja con la que debiera estar. La aceptación social y particular no es posible si no se fundamenta y experiencia en la tolerancia activa, esto es, en el respeto. Dicho de otra manera, aceptar implica reconocer al otro o a la otra en su unicidad y por tanto, en su capacidad de decidir lo que desea y como lo desea para su vida.

Recientemente el Instituto Distrital de Cultura y Turismo de la Alcaldía Mayor de Bogotá, D.C., como parte de las actividades de la Comisión de Cultura Ciudadana en su Observatorio de Cultura Urbana y como parte del Plan de desarrollo 2001 - 2004 "Bogotá para vivir todos del mismo lado" realizó una Investigación sobre Convivencia Ciudadana. Según los resultados obtenidos, entre los comportamientos más importantes para la convivencia, la ciudadanía capitalina enfatiza sobre todo el respeto y la solidaridad con los vecinos. Sin embargo, al indagar el grado de aceptación frente a las diferentes personas que pueden cohabitar en una misma área con los entrevistados, se observan actitudes fuertes de intolerancia, especialmente frente a paramilitares, guerrilleros, alcohólicos, narcotraficantes, corruptos, indigentes, personas con antecedentes penales, prostitutas, drogadictos, y homosexuales.

Con respecto a que los homosexuales aparezcan en el mismo grupo de personas que abiertamente se encuentran al margen de la ley, o que han decidido asumir conductas en las que se ve implicada su salud física y mental, no deja de sorprender el desconocimiento que existe en torno a la homosexualidad. Los resultados demuestran cómo en el terreno de la convivencia se constata de nuevo la asimetría entre la valoración positiva del propio comportamiento, y la valoración negativa del comportamiento de los demás.

Ahora bien, esta actitud está cambiando. Por ejemplo, los homosexuales tienen un menor nivel de rechazo entre los estratos socioeconómicos altos, los jóvenes y las personas con un mayor nivel educativo. Igualmente, es frecuente la presencia de personajes que representan a hombres homosexuales en las series de televisión en Colombia. No obstante, hay que hacer notar que mientras la actitud de respeto no sea generalizada, la convivencia solidaria y democrática se dificulta.

El derecho a la diferencia es posibilidad de paz

Solemos pensar en la paz con referencia a la guerra, pero la paz se vivencia en todos los aspectos relacionales cotidianos, y mientras el conciudadano vecino me sea indiferente o yo no lo acepte y respete porque en su fuero interno ha decidido asumir una orientación sexual determinada, la cual yo considero inapropiada, se hace imposible construir la paz como un estado de ánimo permanente en nuestra existencia. De nada serviría resolver los conflictos armados si en mi propio barrio, escuela, iglesia o casa yo continuo con la guerra al seguir siendo intolerante, irrespetuoso y vulnerador de los derechos fundamentales. Los homosexuales y lesbianas tienen tanto derecho como yo a ser lo que cada uno ha decidido ser, y por tanto, son tan sujetos de derechos como yo lo soy.