miércoles, 19 de diciembre de 2007

Sin caperucitos azules no hay lobos feroces

Manuel Antonio Velandia
Fecha: 10/10/2004 -1171

http://www.semana.com/wf_InfoArticulo.aspx?IdArt=82264

"¿Tú sabes si ya te desarrollaste?" Esta, que parecía una pregunta inocente de un sacerdote, fue el inicio de la vulneración a los derechos sexuales, hace 34 años, de un joven de 12 años (yo) en un prestigioso colegio con sede en Bucaramanga, regido por una reconocida comunidad religiosa. En ese momento podía catalogarse mi inocencia sobre el tema sexual como la típica de un joven estudiante de tercer grado de educación media en una ciudad pequeña. Desde ese desconocimiento, mi respuesta fue: "No, padre. Creo que aún no me he desarrollado".

El sacerdote entonces me invitó a su oficina para "apoyarme" en ese "trance". Yo, plenamente confiado en quien era mi guía espiritual, lo seguí sin desconfianza alguna. Una vez dentro del recinto, él me bajó el cierre del pantalón, sacó mi pene y procedió a masturbarme. ¡Fue mi primera eyaculación!

Unas horas después, ya en casa, a la hora del almuerzo, estando buena parte de mi familia a la mesa, comenté el hecho. Me sentía feliz porque ya 'me había desarrollado' y sabía, por lo explicado por el sacerdote, que todos deberíamos desarrollarnos, y que eso pasaba más o menos a esa edad. Realmente no conocía qué significaba ese 'desarrollarse', pero como no pensaba que fuera malo (pues el sacerdote me había ayudado a lograrlo), simplemente lo conté siguiendo la costumbre en mi hogar de comentar lo sucedido ese día en el colegio. No hubo actitudes que yo pensara extrañas, tampoco recriminaciones ni comentarios adversos.

Al llegar al colegio, al día siguiente, fui buscado en el salón de clase por el sacerdote. El me recriminó; me dijo que las cosas íntimas no se contaban y que ya no podía ayudarme más. Mi familia lo había buscado para reclamarle por 'ayudarme a desarrollar'.

Yo me sentí triste por la actitud del religioso, pero no lograba entender qué era lo que estaba pasando: para mí no había 'algo' que yo considerara chocante o excepcional como para experimentar ese rechazo.Muchos años después logré darme cuenta de que ese encuentro con la 'educación sexual' no seguía los cánones propios de una educación basada en el respeto. Más me preocupó la situación cuando al hablar con algunos compañeros del bachillerato pude conocer de cerca otras historias en las que otros jóvenes habían sido vulnerados y utilizados sexualmente por el mismo sacerdote.

El común denominador del hecho es que todos habían callado y que parecía ser que yo era el único que había hablado en su casa y obtenido alguna reacción de la familia frente al sacerdote; acto que sin embargo no desató ningún cambio en el 'guía espiritual' que motivara variaciones en su actitud frente a otros menores.

Es evidente que durante muchos años, y hasta hace muy pocos en Colombia y otras partes del mundo, la 'educación sexual' para los hombres fue más experiencial que teórica; los padres solían llevar a los jóvenes durante su pubertad a prostíbulos para que iniciaran con una trabajadora sexual su proceso 'formativo', y las madres no consideraban que esto fuera incorrecto; era parte del 'deber ser' y un 'riesgo que había que correr' para que sus hijos se hicieran hombres.

A los hombres nunca se nos habla del riesgo que para nosotros existe de ser violentados sexualmente; esto tiene como consecuencia que cuando un hombre de menos de edad es agredido por una mujer mayor, tema contarlo porque es 'mal visto' que no le agrade el hecho, ya que desde el imaginario popular las mujeres 'son para comérselas', y mucho mejor si el acto es posible con una 'experta'.

Sólo cuando por alguna situación se teme que el joven sea homosexual, la familia le habla del tema de la masculinidad y del 'problema' que significa que no 'le gusten las mujeres'. Frecuentemente me encuentro en mi consulta con jóvenes que son agredidos sexualmente por hombres y mujeres mayores de edad, generalmente personas de mucha confianza como un pastor, un sacerdote o un familiar cercano.

Las personas temen denunciar los atropellos sexuales por las posibles represalias. Las familias prefieren hacerse las desentendidas y los chicos optan por evitarse los malos sabores que pueden significar una denuncia de este tipo.

Es evidente que es necesario actuar. Se requiere tomar conciencia de que los agresores sexuales generalmente no se contentan con una víctima sino que repiten reiterativamente el hecho, e inclusive, cada vez con más frecuencia y con mayor daño físico y emocional para quienes son sus víctimas. Una vez me sentí preparado hablé con el sacerdote en mención.

Para mi sorpresa, él nunca sintió que lo suyo fuera un acto de agresión, una vulneración a mis derechos o a los de los otros chicos, simplemente pensaba que él era "tierno y cariñoso"; que lo que hacía era bueno porque a los chicos nadie les "informaba" y él nunca pasó de una "simple masturbación". Intenté hablar con otros sacerdotes de la comunidad, pero no fui oído; es más, aquellos religiosos que en algún momento fueron mis amigos me pidieron que no los visitara, que no me les acercara o simplemente que no les saludara.

Para los mismos sacerdotes, es evidente que hay algunos entre ellos que no cumplen con el celibato, que no son coherentes con la moral fundamental, que su ética está siendo "menoscabada por el deseo", y que en vez de buscar un acto consensuado entre adultos (plenamente conscientes de su libertad, y en ejercicio de autodeterminación sobre sus experiencias sexuales) se dedican a satisfacer sus necesidades humanas con personas en incapacidad de defenderse o de decidir.

Este no es un acto de denuncia rabioso y premeditado en contra de la Iglesia. Es la exigencia a que se les aplique todo el rigor de la ley a quienes, escudados en un hábito y el poder que les confiere la cultura, se convierten en vulneradores sexuales de los menores.

Las iglesias, y muy especialmente la católica, deben tomarse en serio la posibilidad de construir una teología realmente liberadora y un ejercicio del sacerdocio fundamentado en una ética del respeto y la solidaridad; una acción pastoral en la que se deje de recurrir a los mecanismos sagrados para protegerse de la propia iniquidad.

Hago un llamado de atención a la comunidad educativa y en especial a aquellos dirigentes de la educación en Colombia que, apoyados por ciertas corrientes de derecha, aún siguen considerando que la educación sexual es nociva para la vida sexual de quienes están en la escuela, y prefieren que las personas sean ignorantes a que se informen, negando el derecho a una educación integral. Sólo un caperucito bien informado sabe que no tiene por qué dejarse comer de ningún lobo o loba feroz.