jueves, 27 de diciembre de 2007

Del bombillo rojo a otras señales en la discriminación

Manuel Velandia Mora
Oficina de Prensa
Velandia al Concejo
3 de enero de 2004


En 1980, en el Movimiento de Liberación Homosexual de Colombia propusimos, discutimos y generamos acciones para la despenalización de la homosexualidad en Colombia, que se hizo vigente en Código Penal de 1981.

Antes de esto, la homosexualidad era delito. Era frecuente que miembros de la policía llegaran a los lugares comerciales ofertados para el encuentro de las minorías sexuales, y aun cuando quienes allí nos encontrábamos no estábamos teniendo relaciones sexuales, éramos molestados, otros agredidos e inclusive conducidos a las afueras de Bogotá, por ejemplo cerca a Monserrate, desnudados y bañados con agua fría, o también conducidos en camiones a las comisarías en donde se nos obligaba a permanecer durante toda la noche y parte de la mañana siguiente. Para evitar ciertas agresiones, en los bares se colocaba un bombillo rojo que se encendía cuando iban a ingresar los miembros de la policía. Si este se iluminaba, todos dejábamos de bailar, nos sentábamos juiciositos a charlar y hasta nos tomábamos de la mano con nuestras cómplices lesbianas.

Actualmente, este tipo de violencias son esporádicas, sin embargo, los dueños de algunos lugares y los clientes suelen quejarse del abuso de autoridad del que suelen ser victimas. Si leemos detenidamente el Código de Convivencia Ciudadana, denominado por algunos como “Código de Policía”, cuyo objeto es regular el ejercicio de los derechos y libertades ciudadanas de acuerdo con la Constitución y la Ley, con fines de convivencia ciudadana, y establecer reglas de comportamiento para ella que deben respetarse en el Distrito Capital de Bogotá, encontramos que se instauran las competencias y deberes de cada una de las Autoridades de Policía en la ciudad y de los ciudadanos y ciudadanas.

Entre esos deberes no está maltratar a quienes pertenecen a una minoría sexual. Precisamente en el Artículo 37.- sobre el “Respeto por las diferencias” se lee: La convivencia ciudadana se sustenta en el reconocimiento y el respeto por la diferencia y la diversidad, en un plano de libertad, de igualdad ante la ley y de solidaridad, dentro del marco de la vida en sociedad. Por esta razón, deben ser respetados por las demás personas todos aquellos que asumen conductas diferentes no lesivas para los demás, por necesidad o por libre voluntad, y a su vez, ellos deberán ajustarse a las reglas distritales de convivencia ciudadana.

Una reflexión que me hago es: ¿en qué se sustentan los miembros de la policía para abusar de la autoridad? Pareciera ser que en el encuentro con algunos policías surgiera una emocionalidad en la que tanto ellos como algunos miembros de las minorías sexuales parecieran comprender al otro como “enemigos en potencia”. Este mutuo rechazo, inclusive manifiesto previo al encuentro, genera una actitud en la que la presencia del otro es el punto de partida de una agresión.

Hace poco, estando en la calle caminando a eso de las once de la noche, un policía me exigió que le mostrara mis documentos de identidad. Al pedirme que me parara, para requisarme me golpeó con su bota entre las piernas y me preguntó, burlonamente, si yo era roscón. Yo, que tengo claro qué soy, le dije amablemente que si se refería a si yo era homosexual. Él contestó que sí; yo pasé a explicarle que roscón es una comida y que lo mío es una orientación sexual cuya expresión vivencio en la intimidad, y que no entendía la razón de su pregunta puesto que el código de convivencia de la ciudad planteaba el respeto como principio de la relación ciudadano-autoridad. Él me ofreció excusas por la pregunta y se despidió amablemente de mí. Unos metros más adelante otro policía requisó a otro hombre homosexual. Éste se resistió y fue conducido a un auto patrulla…

Creo que la convivencia requiere de ciertas reflexiones sobre el poder, la tolerancia y el respeto, y que los homosexuales deberíamos solicitar el espacio para hablar con las autoridades competentes en un clima de distensión en el que podamos encontrar soluciones a nuestros conflictos. Yo me ofrezco a crear el espacio y considero que no se debe esperar a ser elegido concejal para lograrlo. Esparte de nuestro derecho, ya que según el código, nuestro sentido de pertenencia a la ciudad debe llevarnos a la confianza como fundamento de la seguridad y a la solución de los conflictos mediante el diálogo y la conciliación.

Si usted está interesado en participar de este diálogo diríjase al teléfono 3101010 o al mail suconcejal@manuelvelandia.com y apostémosle a la igualdad.