martes, 25 de diciembre de 2007

Presentación ante el Senado en el debate de la Ley de derechos de Parejas del Mismo Sexo

Manuel Antonio Velandia Mora
Partido Liberal colombiano
Sector social de las Minorías sexuales
19.08.03


Cuando me reconocí a mí mismo como un hombre homosexual no lograba entender por qué encontrar el amor y ser feliz me convertía, ante los ojos de la sociedad, en un enfermo. Así que para comprenderme a mi mismo recurrí a la ciencia y vislumbré que para las sociedades científicas más reconocidas en el mundo la homosexualidad había dejado de ser observada como enfermedad a partir de las investigaciones realizadas en 1958, por la psicóloga norteamericana Evelyn Hooker, cuyos resultados concluyeron que la homosexualidad no existe como entidad clínica.

También me encontré con que el término homosexualismo, del cual se hace bastante uso en nuestros días, es errado, pues no podemos hablar de sexualismo sino de sexualidad. No somos una doctrina filosófica ni una escuela de pensamiento como sí lo son el capitalismo, el judaísmo ó el cristianismo. No somos un grupo de personas que buscan imponer una visión del mundo; sólo somos seres humanos que, sin ponernos de acuerdo y sin pedirlo, hemos llegado al mundo y estamos en todas las razas, todos los estratos socioeconómicos, y en todos los países.

Somos ricos, pobres, calvos, delgadas, gordos. Somos el tendero, la recepcionista, el gerente del banco, la maestra de escuela rural, el alzador de bultos de Corabastos, la tía amorosa que nos da dulces, el indígena, la prima gruñóna, el sobrino que acaba de entrar a la universidad becado por buen rendimiento, el zapatero, el prestamista, la presidiaria. Nuestro gran lastre es ser distintos. Así como nacer mujer, nacer negro ó nacer pobre fue y sigue siendo un lastre para muchos seres humanos, que se ven excluidos de la activa participación democrática por razones ajenas a su voluntad pero propias de su naturaleza, los homosexuales y las lesbianas buscamos el derecho a la igualdad de oportunidades pero también a la individualidad y a ser, como cualquier ser humano, respetados en nuestra diferencia. Más allá de esa pregunta de “nace” ó “se hace”, sobre la cual no existen más que teorías carentes de comprobación estrictamente científica, estamos aquí, hacemos parte de la sociedad, y por tanto tenemos deberes, pero no menos derechos que el resto de ciudadan@s.

En 1974, la Asociación Psiquiátrica Americana fue la primera sociedad científica en considerar que la homosexualidad per sé no es un trastorno mental y por tanto, no puede clasificarse como tal por no ser una categoría diagnóstica, en otras palabras, no es una enfermedad y por tanto no tiene ni requiere tratamiento. A esta consideración se unieron posteriormente la gran mayoría de las sociedades científicas del mundo. En la Clasificación de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud, en el CIE-10 de 1987, se excluyó a la homosexualidad de la lista de enfermedades.

Tengo 45 años. Nací después de 1936, año en el que en el código penal colombiano, la homosexualidad dejase de ser contemplada como enfermedad; a pesar de ello, lamento haber nacido en un momento en que en nuestro país la homosexualidad seguía siendo entendida como delito, ya que para mí es claro que mi orientación sexual de homosexual no me hace delincuente ni enfermo.

Cuando a mis 18 años tuve mi primera relación sexual con otro hombre, me estaba formando como sacerdote siendo integrante de una importante comunidad religiosa. Allí descubrí la doble moral en que se vivía la sexualidad en algunos miembros de la iglesia católica, quienes ante mis propios interrogantes aceptaban lo mío como una “necesidad humana llevadera siempre y cuando no hiciera de mi vida un espectáculo publico”, tal y como ellos lo hacían, y ocultaban, y a su vez negaban las posibilidades sexuales de su feligresía haciéndole creer que cualquier posibilidad de búsqueda de la felicidad desde la sexualidad humana distinta no hacía parte del plan de Dios para sus hijos, tal y como el Papa Juan XXIII les ordenó hacerlo a finales de los 60 con su ley del silencio absoluto.

Es muy preocupante que personas sin conocimientos científicos mínimos de salud y sexualidad determinen, desde un púlpito, qué pueden hacer y qué no para ser felices, y también es bien preocupante que ni siquiera tengan un discurso claro sobre sus mismos dogmas, pues al afirmar que una pareja sólo es posible en la medida en que se reproduzca excluye, limita y condena a las parejas sin hijos. Y de paso, condenan a otros y otras a vidas no necesariamente tan felices como ellos prometen, segregando y condenando a la autoculpabilidad a aquellos que no saben por qué siendo hombres necesitan ser acariciados, amados y erotizados por otro ser humano hombre, o porqué siendo mujeres necesitan sentir la ternura o el erotismo de otro ser humano mujer.

La doble moral de quienes eran mis orientadores espirituales me llevó a retirarme de dicha comunidad y, unos años después, a crear junto con el líder homosexual León Zuleta el Movimiento de liberación homosexual de Colombia. Este importante filosofo paisa fue asesinado en 1993 en razón de su lucha por la defensa de los Derechos Humanos y sexuales.

Cuando iniciamos el movimiento de liberación homosexual hace 25 años, nuestras reuniones eran clandestinas porque el código de policía de Bogotá autorizaba las redadas a los homosexuales, y aunque había bares para encontrarnos, corríamos siempre el riesgo de ser llevados a los cerros, a ser bañados con agua fría, golpeados y abandonados desnudos a las afueras de la ciudad.

Era evidente y lo sigue siendo, que para muchos de quienes se acercaban en ese entonces a las organizaciones de homosexuales y lesbianas, y lo siguen aproximando es esta época a los grupos de trabajo o a las consultas particulares de los profesionales de la psicología y la sexualidad, lo hacen porque están siendo afectados por un gran daño emocional; debido, en gran parte, al estigma, discriminación, estigmatización e inclusive separación social, exclusión y amenazas de las que son victimas por motivos de su orientación sexual.

Dichas vulneraciones son motivadas por la carga que, en su experiencia emocional y en nuestra cultura, tiene la iglesia, cuya posición moralista aflige a hombres y mujeres quienes toman la decisión de que no se asumirse en la heterosexualidad. Carga que influencia la cultura y afecta las relaciones sociales hasta el punto de que padres y madres de familia abandonan a sus hijos e hijas y les obliga a dejar sus residencias o a vivir una doble vida aparentando que cumplen con el “deber ser” socializado de la sexualidad. Carga que induce a algunos a negarnos nuestros derechos, obligarnos al desplazamiento forzado, amenazarnos de muerte e incluso a perpetrar atentados contra la vida como aquel de que fui victima siendo candidato a la Cámara de Representantes por el partido liberal colombiano en las pasadas elecciones.

Pero el rompimiento familiar no es la único daño emocional por el que suelen pasar los homosexuales; en mis 20 años de trabajo en sida en Colombia he podido darme cuenta que quienes están afectados directa o indirectamente por los daños propios de la enfermedad, cuando son homosexuales además tienen que vivir una serie de vulneraciones como consecuencia de no poder acceder a servicios de salud así logren demostrar ante la EPS la convivencia con su pareja, tal y como lo haría una pareja heterosexual. En este sentido y dada el creciente índice de desempleo en nuestro país es cada vez más frecuente que las personas que no tienen un trabajo estable no puedan realizar sus aportes al sistema de seguridad social, pero a diferencia de una pareja heterosexual en el que la persona puede afiliar a su pareja y obtener servicios, las parejas homosexuales y lésbicas no podemos hacerlo.

Igualmente he visto parejas que luego de convivir por años e inclusive décadas al morir su pareja y regresar del sepelio a su hogar descubren que las guardas de las puertas de acceso han sido cambiadas por familiares quienes apoyados por leyes civiles discriminatorias los lanzan a la calle, negándoles todo derecho a bienes que son suyos y a otros bienes producidos conjuntamente. Pareciera que las parejas de homosexuales y lesbianas no tuviéramos derecho ni tan siquiera a conmemorar la viudez. Ser homosexual y no tener los mismos derechos civiles que los heterosexuales nos conduce irremediablemente a la pobreza, a la negación toda forma de reconocimiento social y familiar como parejas, pero sobre todo a que no sea reconocido nuestro derecho a heredar del ser amado por el simple hecho de que tiene nuestro mismo sexo.

La iglesia católica en sus intentos por proteger y promover la “dignidad del matrimonio” ha pretendido dar una explicación de carácter racional a estas formas de vulneración social; obviamente que de racional poco o nada tiene la racionalización que usan los autores de las “Consideraciones acerca de los Proyectos de Reconocimiento Legal de las Uniones entre Personas Homosexuales” promulgadas recientemente, con la bendición del pontífice, por la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Vaticano; ya que su explicación trata de aseveraciones dogmáticas que desconocen la realidad científica y la verdad acerca del ser humano.

Aclaro: Una persona tiene el derecho constitucional a creer en la transformación del vino en sangre como parte de su doctrina. No estoy atacando al cristianismo; miles de homosexuales y lesbianas somos cristianos. Pero las personas también tenemos el derecho a disfrutar la vida en condiciones donde la felicidad propia y de nuestra pareja no sean sometid@s a lo que una u otra institución considere que esté bien o esté mal, con el agravante que esa institución, de gran poder político y de opinión pública desde hace siglos, interviene y meta mano en la legislación de un país negándole el derecho a las parejas de un mismo sexo a gozar de los derechos de cualquier otra pareja, sin siquiera tomarse la molestia de observar e investigar el marco de referencia social que está afectando.

No es que le estemos dando una discusión al rito del matrimonio, que es eso precisamente, un rito religioso, y que como rito puede o no tenerlo una pareja heterosexual, homosexual o lésbica. Estamos avalando el derecho que como ciudadano colombiano debería tener mi pareja hombre a la seguridad social cuando él pierda el empleo o caiga gravemente enfermo. Y que si él muere, no llegue la familia de él, que siempre lo excluyó y lo discriminó por su orientación sexual, a quedarse con el patrimonio que entre los dos pudimos construir.

Creer en estos tiempos en la existencia de una “ley moral natural”, como se hace en los documentos de la iglesia, supone aceptar que la realidad de la maldad y los errores criminales de la humanidad se pueden achacar a Dios, como también lo es ignorar que los homosexuales han nacido en el 100% de los casos como resultado de matrimonios heterosexuales experienciados y bendecidos en el ejercicio de dicha ley moral.

Implícita y explícitamente se afirma que la homosexualidad y el reconocimiento de su existencia así como la de las parejas lésbico y homofíliales va contra el “bien común de la sociedad”. Esto no pasa de ser una afirmación moralista que se desprende de otras creencias y aseveraciones dogmáticas sin fundamento. El bien de la sociedad se fundamenta en la tolerancia activa y en el respeto y no precisamente en la exclusión y en la negación de los derechos fundamentales.

La procreación y la fecundidad son, según esta teoría vaticana, características esenciales de la pareja, en consecuencia se ubica a los humanos a nivel de los mamíferos subhumanos quienes precisamente caracterizan su sexualidad principalmente por la búsqueda de la reproducción y no por la función erótica o búsqueda consciente del placer, que es la característica de la sexualidad humana que nos diferencia de los animales. En principio y en la práctica, como todos lo sabemos, la eroticidad y el placer, por supuesto, se manifiestan tanto en heterosexuales como homosexuales.

Como los homosexuales no se reproducen, dogmáticamente se afirma que “no proceden dentro de una verdadera complementariedad afectiva y sexual” razón por la que no tienen, según el Vaticano, derecho a la vida reconocida de pareja. Es cierto que los homosexuales no se reproducen como resultado de su experiencia homogenital o lesbicogenital, pero la sexualidad homofílial cumple con la función erótica propia de los humanos, y efectivamente, como lo demuestran muchas investigaciones psicosexuales, se produce complementariedad afectiva y erótica en las relaciones entre personas del mismo sexo.

Deseo recalcar el hecho de que las parejas heterosexuales no sostienen sus relaciones genitales exclusivamente para tener hijos y en dicho acto glorificar a Dios, sino que la mayoría de sus encuentros amorosos en parejas heterogenitales son actos lúdicos eróticos orientados hacia la obtención del placer; en este caso la pareja heterosexual tampoco estaría cumpliendo con el designio de Dios, puesto que en su experiencia transgrede el principio de la unión para la fecundidad.

Si dependiera de los cristianos más reticentes, católicos o no, nadie tendría derecho a ser feliz a menos que tuviera una vinculación afectiva heterosexual y por tanto, no permitirían que hubiera personas que escojan la soltería como una opción más de vida. Si dependiera de la iglesia católica, no habría planificación familiar, pues se ha declarado enfáticamente en contra de ella a pesar de los beneficios que pueda traer a las comunidades. No habría matrimonio entre heterosexuales que no deseen tener hijos. Es más, no habría ni siquiera ciencia. El Vaticano ha tenido que pedir públicamente perdón a la humanidad por las atrocidades cometidas contra los científicos de la edad media durante la inquisición y por su mortífero silencio ante los horrores del holocausto, pero ha callado ante el genocidio ocurrido en la reciente guerra en Irak.

Estoy aquí porque soy un hombre homosexual, pero sobre todo porque creo profundamente en la democracia; porque anhelo un país en el que la convivencia democrática y solidaria sea posible, porque considero que la paz es alcanzable; pero también, porque tengo claro que la paz se erige en las relaciones sociales y su construcción evidencia la necesidad de que todos los ciudadanos y ciudadanas seamos iguales, cualquiera que sea nuestro sexo, orientación sexual, etnia, cultura, credo, condición socioeconómica y política.

Esperemos que la sociedad, y ustedes, honorables senadores como seres humanos elegidos democráticamente para sacar adelante a este país, mediante su voto, se encarguen de decirle a la Iglesia que sí, que efectivamente tienen derecho a su credo, su mística y sus ritos como lo ordena la constitución, pero que eso no les da el derecho de imponer lo que es conveniente o no para la felicidad, la salud y para la ley civil de nuestro país. Los homosexuales y las lesbianas tenemos el derecho a una legislación civil donde no seamos ciudadanos de segunda y condenados a la marginalidad y la exclusión.