jueves, 20 de diciembre de 2007

Debate rosa

Revista Semana
24.08.03
Edición: 1112
http://www.semana.com/wf_InfoArticulo.aspx?IdArt=72550

La discusión en el Senado sobre la ley de derechos para las parejas homosexuales evocó las buenas épocas del Parlamento colombiano.

"Para qué ocultar la realidad. Hay una posición conservadora y una posición liberal sobre este tema", dijo el ex presidente López.

En los últimos años se ha repetido hasta la saciedad que los partidos políticos tradicionales están desdibujados, que ya no existen diferencias de peso entre ellos y, por tanto, podían fusionarse en una sola colectividad. El debate que tuvo lugar el martes de la semana pasada en el Congreso echó por tierra esta idea. Ese día la plenaria del Senado tenía que decidir si aprobaba o no el proyecto de ley por medio del cual se reconocen las uniones de parejas del mismo sexo.

El tema, aunque taquillero por lo polémico y coyuntural, no parecía tener mayor trascendencia, salvo para la población homosexual colombiana. Sin embargo las intervenciones del ex presidente liberal Alfonso López Michelsen y del senador conservador Enrique Gómez Hurtado le dieron un giro sorprendente al debate e hicieron recordar enfrentamientos ideológicos políticos memorables que tuvieron lugar en este recinto durante buena parte del siglo pasado.

El debate comenzó tarde, pero esta demora se vio compensada por la calidad de la primera presentación, la del senador de izquierda Carlos Gaviria, ponente del proyecto. Luego hablaron cinco invitados, el último de los cuales fue el ex presidente López, quien hasta ese momento había soportado con estoicismo todas las intervenciones de sus predecesores. El dirigente liberal subió al estrado, con la diligente ayuda del senador Carlos Moreno de Caro, y una vez allí no ocultó la satisfacción que sentía por haber sido invitado y agradeció el "honor que se me ha hecho de participar en este debate". Con estas palabras terminó de echarse la concurrencia al bolsillo, que de por sí ya estaba admirada con que uno de los políticos más importantes y representativos del país, con 90 años recién cumplidos, se le midiera a abandonar la tranquilidad de su hogar para participar en una discusión a la que muchos habían calificado como poco seria.

El cara a cara

Frente al micrófono López improvisó. Dijo que no iba a demorarse mucho, que no era un experto en el tema y que estaba ahí en pie porque, como lo contó el también ex presidente César Gaviria en una columna que publicó el periódico El Tiempo, seguía fiel a su divisa liberal "según la cual mi partido ha sido en la historia de Colombia el partido de las minorías. El doctor Carlos Lleras Restrepo decía que era una coalición de matices de izquierda, yo complementaba ese pensamiento diciendo que es una coalición de minorías protegidas por un partido político. A nombre de ese partido, cuya bandera y cuyos principios residen en proteger las minorías, yo creo que, como lo han dicho mis antecesores, es una cuestión de partido secundar la ley". A continuación celebró el hecho de que este proyecto de ley, en particular, y la cuestión del homosexualismo, en general, hubieran restablecido la frontera entre los dos partidos "porque para qué ocultar la realidad. Hay una posición conservadora y una posición liberal respecto a este tema". Su posición le hizo recordar a muchos la del líder Jorge Eliécer Gaitán, cuando durante 15 días de 1929 en ese mismo recinto, en los debates por la responsabilidad de la masacre de las bananeras, hizo reflexionar a sus copartidarios sobre la razón de ser del liberalismo en defensa del pueblo menos favorecido.

La respuesta a estos comentarios no se hizo esperar. Y el encargado de llevar la voz de los conservadores al estrado no podía ser otro que Enrique Gómez Hurtado, líder natural y reconocido de la derecha democrática en Colombia e hijo de Laureano Gómez, quien desde ese mismo escenario fustigó a los 'lentejos' de la época que se habían plegado a las toldas del presidente liberal Enrique Olaya Herrera y a los gobiernos liberales sucesivos que para él intentaban modernizar el país a costa de la tradición católica de la República. El senador Gómez, sin los ademanes impetuosos ni los gestos coléricos que caracterizaron como orador a su padre, defendió con brevedad y firmeza la posición política de su colectividad y fustigó las supuestas, en su opinión, ideas de vanguardia y modernidad liberales que van contra natura.

El líder conservador fue muy claro en su exposición sobre las diferencias que ve entre la izquierda y la derecha: "Cuando las estructuras se rompen, las obligaciones desaparecen, cuando lo que prima es el libre desarrollo de la personalidad sin tener en cuenta cuál es el libre desarrollo de la sociedad, sin tener en cuenta cuáles son los intereses comunes que deben primar sobre los intereses individuales. Todo eso se considera hacia adelante, de izquierda. Y cuando nosotros creemos que todo lo que rompe el orden, lo que rompe la autoridad, lo que elimina la responsabilidad, lo que quita la obligación que tenemos para nuestros conciudadanos, lo que nos obliga a respetar el dicho de Benito Juárez de que la libertad de cada uno termina allí donde comienza la del otro y que la libertad de cada uno también tiene que ceder el campo cuando hay una voluntad colectiva. Yo no creo que eso sea progreso".

Históricamente los liberales han defendido la separación de poderes entre Estado e Iglesia. En consecuencia, abogaron por causas que reñían con esta última, como el matrimonio civil, la educación pública y la universalización de una ética civil. Además, siempre procuraron estar del lado de los marginados para incluirlos con plenos derechos en una sociedad que los excluía per se. Estas son las raíces lejanas que mueven al Partido Liberal a defender el proyecto. Sin embargo, hay unas razones más actuales. Los liberales están afiliados a la Internacional Socialista.

Esta organización en su vigésimo congreso, celebrado en septiembre de 1996 en Nueva York, realizó una agenda de derechos humanos para el siglo XXI. En un acápite sobre las minorías sexuales recomiendan a sus asociados que defiendan los derechos de lesbianas, gays y bisexuales, "estos derechos deben ser acomodados en la ley a través de la promulgación de la legislación que asegure el mismo tratamiento para todos, sin importar la orientación sexual, en todas las áreas de la vida social, económica y política". Por eso, en su congreso nacional de mayo el Partido Liberal incluyó este punto en su declaración programática y en sus estatutos, y en el congreso de jóvenes liberales que se llevó a cabo el mismo mes se creó la Secretaría de Participación para Asuntos de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transexuales (Lgbt). Esto demuestra que esta colectividad está siendo coherente con sus principios.

Mientras los liberales se adaptan a los nuevos tiempos, los conservadores se aferran a su tradición. Para ellos el pilar del Estado y del orden político es la Iglesia Católica, cuyo pilar a la vez es una moral antiquísima recibida por los antiguos pueblos, que a su vez la recibieron de Dios. Es por eso que sus argumentos para atacar la ley se basan más en consideraciones morales, salvo la denuncia que este proyecto es una ley estatutaria camuflada o que los derechos que cobija ya están reglamentados, como que la homosexualidad es contra natura porque como el fin de la familia es la reproducción la unión de los homosexuales es sólo por placer y que estas relaciones constituyen una grave depravación. Eso es lo que sostiene el documento Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales que elaboró la Congregación para la Doctrina de la Fe con el fin de darles argumentos a los políticos para oponerse a este tipo de legislaciones.

Esta semana se votará el proyecto en el Senado. A favor van a votar, o deberían hacerlo, los miembros de la bancada liberal y los representantes del Polo Democrático. En contra van a hacerlo los conservadores, los líderes de movimientos cristianos y algunos independientes. Si ganan los primeros el proyecto pasará a la comisión primera de la Cámara de Representantes, donde seguramente seguirá dando de qué hablar.

Por lo pronto en este cara a cara no hubo sino ganadores. El Congreso ganó al contar de nuevo con un debate ideológico de altura entre los líderes de dos de las casas políticas más importantes del siglo XX, con lo que se le restituyó parte del prestigio que había perdido esta corporación. Y el país ganó al identificar con claridad las dos posiciones que están enfrentadas en la discusión de la ley.