miércoles, 24 de octubre de 2007

El juego de los príncipes y las princesas

Manuel Velandia Mora
Revista acento. Nº 3. 1997

Mujeres y hombres construyen su propia fantasía sobre aquella persona con la que desean compartir todos los momentos del resto de su vida; es el o la sujeto-objeto de su deseo, amor, erotismo y genitalidad, que además tiene características corporales, intelectuales, afectivas y de comportamiento, que en su conjunto definen al patrón, en relación con el cual se evalúa y califica cualquier posibilidad de pareja. Príncipe azul es como se ha denominado al patrón ideal de hombre. El modelo ideal de mujer parece ser etéreo y anómico, por tanto he decidido llamarlo princesa fucsia.

Cada cultura traza sus propios modelos, pero cada hombre y mujer - sin importar su conducta sexual- se ha construido el suyo propio y desde él busca, evalúa, califica, acepta o rechaza sus posibles parejas. Desde el machismo pareciera ser que la mujer reúne más fácilmente las condiciones de princesa; la mujer - por el poder que ha dado al hombre “como respuesta a su vida”- es más exigente en la escogencia de su príncipe.

Desde el romanticismo hasta la conquista actual - que es bastante directa- el rito de aproximación y de cortejo conserva características similares: una de ellas es la manera como hombres y mujeres interesad@s en una posible pareja, hacen lo imposible para "gustar" a esa persona.

La relación es un intercambio permanente de ganchos
Cuando se conoce a alguien se da comienzo a una medición - inconsciente o consciente- signada por el particular modelo de príncipe y princesa. Cada hombre o mujer (de acuerdo con su identidad sexual) se asume y es asumid@ como una posibilidad. Quienes logran atraernos lo hacen porque desde nuestra óptica particular poseen un gancho que nos atrae (It´s). Si logramos "colgarnos" de ese gancho es por que la otra persona lo posibilita ya que también le somos atractiv@s. Todos queremos atraer y a los propios le sumamos otros “ganchos” –no reales- que actuamos como estrategia de conquista. Nos enganchamos mutuamente con ganchos irreales y reales, y así se consolidan las relaciones.

Por ejemplo: En una pareja existe una mutua atracción. Un@ es vist@ como cercan@ a un patrón, atrae y es identificad@ positivamente como correspondiente con el modelo. Un@ de ell@s habla de su gusto por el cine; se le responde con el mismo interés y una invitación que acepta complacid@ -pensando que es “la única forma” de estrechar el vínculo-, al conocer la cinta que van a ver, piensa expresar su preferencia por otro tipo de película o de actividad.

Acepta ya que prefiere ceder en sus "gustos" antes que molestar. La película le parece espantosa pero prefiere afirmar que es muy buena. La persona se entusiasma y l@ invita a un ciclo de cine. Una vez más acepta la propuesta. Durante diez días asiste diariamente al cine, se siente molest@, pero prefiere ignorar sus sentimientos buscando estar con esa persona. L@s amig@s de su "pareja" le parecen un@s intelectuales detestables pero l@s soporta, porque para “su pareja”, al fin y al cabo, son importantes. Cede una, otra y otra vez en sus gustos y necesidades, y lo hace durante mucho tiempo. La otra persona también cede ante situaciones que no son de su total agrado. Ningun@ es consciente de que su relación de pareja se fundamenta más en los ganchos irreales que en los reales.

Perdidos en la pareja
Cuando consideran que la relación está “plenamente consolidada”, que están enamorad@s (las raíces en griego de enamorarse son las mismas de enajenarse: perderse en el otro), cada un@ asume la fantasía de que la otra persona cuadra perfectamente con su patrón para el ser ideal.

Quien se enamora pierde su esencia para ser “esencialmente” aquello que la otra persona desea que sea. En el enamoramiento la propia corporeidad es asumida como "propiedad de la pareja"; “complacer” el ejercicio genital y el erotismo está determinado no por los propios deseos sino por los de la pareja y por esta son “administrados y usufructuados”: quien está enamorado se enajena y su realidad parece ser posible única y exclusivamente en función de la pareja.

Con el paso del tiempo cada persona se siente escindida entre quien está enamorad@ y quien necesita ser para sí, ello la motiva a recuperarse en su propia esencia. Lentamente se da cuenta que el príncipe azul se va destiñendo y se transforma en verde o que la princesa fucsia realmente es de un ácido naranja. Cuando el interés se mantiene -a pesar de las múltiples confrontaciones-, se hace "todo lo posible" por negar-se dicha decoloración.

Al tratar de recuperar su esencia cada persona se siente falsa en lo que ha sido “su entrega a la pareja”, quisiera ser explícit@ y dejar de lanzar ganchos falsos, pero su reflexión particular l@ conduce a una serie de interrogantes: ¿Cómo evitar que la pareja decida por l@s dos?, ¿Cómo decirle que no se ha sido totalmente explícit@ y honest@? Cómo informar que lo compartido y afirmado como maravilloso y excitante parece ya no serlo. Por ejemplo, cómo decirle sin herir, que detesta ese tipo de cine y que sus amig@s le parecen desastros@s.

Cada persona basa su relación en la confianza que tiene en la otra. Los gustos compartidos generalmente son aquellas situaciones y valores que las hacen más atractivas. Afirmar que parte del encanto "es falso", es perder su propia posibilidad de relacionamiento. Surge entonces otro interrogante: si nos pusiéramos en lugar de la otra persona resistiríamos tal "engaño".

Cada miembro de la pareja se hace consciente de su propia incongruencia, pero no reconoce ni conoce que la otra persona pasa por el mismo proceso de reafirmación. Cada "partener" se piensa y asume honesta y a su vez entiende a la otra persona como manipuladora. Amb@s se engañan y se preguntan: Cómo "desteñirse" sin causar daño, cómo mostrar que se es un ser maravilloso a pesar de no poseer “el tono perfecto” o cómo descubrir lo encantador que puede ser alguien de “otro color”.

Siempre nos pensamos siendo el eje de nuestras relaciones. El bienestar particular es el más importante y en el fondo, el del otro o la otra es suyo. En cualquier relación el malestar del uno afecta la situación del otro. Cuando surge el conflicto nos preguntamos qué hemos hecho para causar malestar y la respuesta casi siempre “nos demuestra” que en la pareja parece estar la causa, pues casi siempre somos "conscientes" de que actuamos bien.

Tenemos nuestras propias razones para actuar y estas nos son muy lógicas. Las de la otra persona nunca lo son tanto e incluso se llega a pensar que la única razón que tiene la otra persona para actuar es hacernos daño. El amor pareciera desaparecer con la misma velocidad con que se pierde el encanto del color.

El amor se trasforma sin darnos cuenta en actos que son asumidos por la otra persona no como de amor sino como actos violentos y todo intento por re-descubrir a la pareja como un ser amoroso parece terminar en una confirmación de que no lo es. Se asume que el amor ha dejado de existir, que se transformó en violencia. Sin embargo, es dificil dar fin a la relación, y se sigue una y otra vez intentando que el amor renazca.

El amor se fundamenta en ser persona (en griego sonar a través de). El amor cuando está basado en una circulación de ganchos irreales es "im-personal" pues lo que se da al otro ser es precisamente aquello que no se es. La relación no existe plena y totalmente, se comparte con un ser escindido. Si la relación se basa primordialmente en que la otra persona ama un ser que no es, no ama realmente a esa persona, ama a un ser extraño. Existe la imposibilidad en cada un@ de ser reconocid@ y valorad@ en su propia esencia.

Redescubrir al ser real se dificulta, por que este nos parece tan falso que en él lo real se nos antoja irreal, incluso, por que cada uno de los miembros de la pareja está tan escindido que en algunos momentos su propia realidad le parece falsa o que su falsedad pareciera ser su esencia verdadera. La reconstrucción de una relación se dificulta por que la persona tendría que negar al ser falso para reconocer al verdadero, es decir, iniciar una relación con alguien distinto, de quien se asume una molestia que pudiera llegar a ser solucionada. La relación se fundamenta en que uno de l@s miembros acepta jugar los juegos propuestos por la pareja y se niega a sí mism@.

Cuando construimos una relación lésbica u homosexual el grupo de amig@s –y en muy pocos casos la familia- hace el “casting” y apoya la consolidación de la pareja. Al romperla no solo se rompe con las propias expectativas, se rompen también las de ell@s. En muchos casos nuestro príncipe azul o nuestra princesa fucsia lo son más de l@s otr@s que el o la nuestra. Cuando las relaciones se basan en las expectativas de ell@s -según el poder que estos ejerzan sobre nosotr@s- ésta situación dificulta o favorece el rompimiento o la consolidación de la pareja. La hipocresía con que se manejan las relaciones (ya sean familiares, de amigos o de pareja) induce a seguir actuando los roles que los demás desean. A sostener una y otra vez relaciones im-personales.

Consolidar o dar por terminada una relación requiere ser consciente de:

  • Que la relación es de los dos miembros de la misma y no del colectivo social;
  • Que circular ganchos que no lo son tiene como consecuencia final descubrirse como ser escindido;
  • Que se es amado por lo que realmente se es, o que se puede ser amado por aquella parte del ser que no es;
  • Que enamorarme es perderse en el otro, perder su propia esencia y ponerla en manos de la pareja.
    Si la relación es real, si cada persona se relaciona siendo ella misma, si el fundamento del vínculo es el amor y no el enamoramiento, entonces los conflictos tan solo serán eso;
  • si la relación se plantea desde la negación de sus mismas posibilidades, entonces el vínculo como tal no existe y la relación es tan solo un sofisma de distracción.
Antes de iniciar cualquier relación deberíamos plantearnos algunos interrogantes:
Por qué buscar príncipes azules o princesas fucsias si los seres ideales no existen;
  • Por qué negarse la posibilidad de compartir con muchos hombres o mujeres que no tienen el tono perfecto pero en quienes se podría descubrir que son personas maravillosas;
  • Qué sentido tiene para la existencia jugar el juego de no ser nosotros mismos y aceptar ser aquello que el otro o la otra desea que seamos;
  • Qué me aporta como persona aceptar a alguien en mi vida, motivado en que la familia o los amigos piensan que esa persona "me sirve".

Es probable que encontrar las respuestas no nos haga muy felices; no obstante interrogarnos es también la posibilidad de entender que lo más valioso de nuestra vida somos nosotros mismos. Jugar los juegos es una decisión particular, pero, ¿Tiene sentido hacer de nuestra vida un juego?