sábado, 22 de marzo de 2008

Minorías sexuales y política pública

Manuel Velandia Mora
Enero de 2006
New York


Las minorías no se consideran miembros activos de la comunidad de política pública. La homofobia socializada percibe a las minorías sexuales como ciudadanos de tercera, desheredados, y por tanto, son tratados como excepción; la internalizada les dificulta reconocerse a sí mismos y las otras minorías como los iguales con quienes lograr los beneficios a los cuales tienen derecho.

Minorities are not considered to be active members of the community of public politics. The socialized homophobia perceives the sexual minorities as second-class citizens, disinherited, and therefore, treated as exception. The internalized homophobia keeps them from recognizing themselves, and other minorities as the equal ones to achieve with, those benefits to which they have the right to.

Palabras clave:
Español: Política publica, homofobia, minorías sexuales, vulnerabilidad, derechos humanos, discriminación.
Ingles: Public politics, homophobia, sexual minorities, vulnerability, human rights, discrimination.
Português: Politica publica, homofobia, minorias sexuales, vulnerabilidades, direitos humanos, discriminação.

Políticas Públicas (Defensoría del pueblo, 2003) son el conjunto de acciones –estrategias, planes, programas, proyectos, u omisiones, asumidas total o parcialmente por entidades gubernamentales o estatales, y que tienen como propósito modificar una situación percibida como socialmente insatisfactoria o problemática en tanto que desconoce o vulnera derechos, intereses u objetivos colectivos considerados como necesarios, deseables u objeto de especial protección.

Es la emergencia de la participación y el diálogo de todos los actores involucrados con relación a un tema que se considera prioritario por ser entendido socialmente relevante, luego de un análisis claro y realista sobre lo que existe y es apropiado, en cuanto a la satisfacción de necesidades de la comunidad considerada vulnerable. Son un “curso de acción” (Aguilar Villanueva, 1992) dinámico, definitivo o no, que debe posibilitar la revisión, el diseño e implantación de acciones conjuntas con otras entidades públicas y privadas que cooperan con la población vulnerable, que se diseña y construye en un territorio especifico (espacio-temporal, relacional, cultural y emocional), de tal manera que pueda ajustarse cuando sea necesario y apoyar la redirección de la legislación existente cuando ésta no sea suficiente o apropiada.

Velandia (2005) precisa que “para que haya participación deben crearse los mecanismos para alcanzarla y lograr que, de manera activa, los demás sectores involucrados apoyen la decisión sobre qué, quiénes, para quiénes, cuándo, dónde, cómo, por qué, para qué, con qué recursos, metodologías, herramientas, instrumentos, estrategias de seguimiento y evaluación, hacerlo”.

Toda PP se desarrolla desde un enfoque diferencial[1] y de equidad teniendo en cuenta los géneros, sexualidades, edades, territorios sociales, pertenencia étnica y discapacidades, realizando y restableciendo derechos, como fundamento de cualquier tipo de acción afirmativa para compensar las inequidades producto de la falla estatal en el deber de protección.

Según Aguilar Villanueva (1992), una PP: “no es la simple decisión deliberada del actor gubernamental: la gran decisión en la cúspide del estado” puesto que es evidente que en ella debe intervenir “todo un conjunto complejo de decisores y operadores”. En la definición de Duran utilizada por Roth Deubel (2002), se destaca que es preciso incorporar a otros sectores de igual importancia en la creación, seguimiento y cumplimiento de la PP.; son ellos los actores provenientes de sectores sociales, tales como Organizaciones No Gubernamentales (ONG), Organizaciones de Base Comunitaria (OBC), asociaciones gremiales y otras asociaciones de la sociedad civil. Una comunidad de PP, como dice Duran está conformada, por las personas pertenecientes a diferentes posiciones –responsables de entidades gubernamentales, congresistas, representantes políticos, dirigentes de gremios, investigadores –y en especial por los y las beneficiarios(a)s de las políticas, quienes además de compartir un sistema similar de creencias –serie de valores, fundamentos, supuestos, y percepciones de un problema específico- demuestran un cierto grado de coordinación de sus actividades en el tiempo.

El tema frente al cual analizaremos la participación o no, en la política publica, es el de las personas vulneradas, estigmatizadas, discriminadas y aisladas social, afectiva y emocionalmente por razón de su sexualidad: las Minorías Sexuales (MS).

En el caso de las PP relacionadas con la sexualidad, deberían participar en su creación, entre otras, las organizaciones en cuya agenda se hallan inmersos los temas pertinentes a las sexualidades, como por ejemplo: redes de mujeres, lesbianas, homosexuales, bisexuales, transgeneristas, trabajadores(as) sexuales; como también las Agencias de Cooperación Internacional, las entidades del sistema de las Naciones Unidas y otros organismos internacionales con proyectos de acción nacional, regional y local, relacionados con los temas pertinentes a la vulnerabilidad por razón de la sexualidad.

En las PP es evidente la participación de la mujer, desde la perspectiva de género, en temas relacionados con los derechos sexuales, los derechos reproductivos y la división sexual del trabajo. Sin embargo, no siempre las organizaciones feministas asumen como propias las luchas de otras MS, ni siquiera las de las lesbianas porque algunas de ellas entienden que la vulnerabilidad e intereses de estas otras mujeres no les son comunes y porque en algunas ocasiones de manera similar las mismas lesbianas no son afines con las expectativas y necesidades de las feministas.

Como lo afirma el Instituto de Estudios Sociales Contemporáneos de la Universidad Central de Bogotá -IESCO-UC- (2005), “tanto los avances de la teoría feminista, como el reconocimiento de otras realidades y actores, evidencian las limitaciones del género como categoría de análisis y de intervención. Los binomios sexo/género y hombre/mujer resultan categorías estrechas y totalizantes no sólo para algunas corrientes del feminismo, sino también para los estudios sobre las masculinidades, la teoría “queer”, las identidades intersexuales y transgeneristas”.

Cambiar la lógica sexo-genero-homofobia en la que tradicionalmente algunas feministas participan en la política publica posibilitaría acciones conjuntas con otras MS igualmente vulneradas; ello implicaría comprender las nuevas lógicas sobre las sexualidades y sus implicaciones.

VULNERABILIDAD Y MINORÍAS SEXUALES
Para la Defensoría del pueblo, 2003), vulnerabilidad es “todo déficit social que tienen las personas, resultado de la brecha existente entre una dotación mínima para lograr una vida digna y desarrollar un proyecto de vida, y la dotación real que tienen”. Lograr una vida digna tiene como base el reconocimiento del ser en su identidad como persona, sujeto de derechos[2] y ciudadano. El proyecto de vida no es solamente un hecho particular, sino además relacional y socio-cultural que no se puede alcanzar cuando para los otros y las otras el ser no se asume en su existencia plena y real. No existe la dignidad cuando la persona no es reconocida como un autentico otro.

Tradicionalmente minorías hace referencia a grupos poblacionales que por sus características étnicas, económicas o socio-culturales no hacen parte de los círculos de poder, aunque como grupo lleguen a superar en número a los sectores dominantes; y para quienes sus aspiraciones e intereses no encuentran representatividad, ni canales de expresión que posibiliten modificar su condición de “grupo marginal”. La exclusión de estos grupos hace difícil la creación de procesos de convivencia solidaria y democrática y el ejercicio de las libertades públicas, con lo cual los derechos humanos y la democracia misma ven desvirtuados sus principios de solidaridad, fraternidad, respeto por la diferencia y tolerancia, entre otros. Los grupos marginados suelen caracterizarse por quienes sustentan el poder y definen el “deber ser” de los comportamientos sociales como marginales y clandestinos, especialmente cuando en su definición toman en consideración lo relativo al sexo[3] y la sexualidad.

Identidad sexual y Movilidad
Peter Wade considera que las identidades se establecen por medio de repetidos actos de representación, es decir de identificación y que las diferencias que construyen la identidad tienen que ser marcadas, observadas e indicadas por unos sujetos en la vida cotidiana; en tal sentido, la identidad es algo que se vuelve a establecer o a reforzar con cada identificación (Serje y otros, 2002). Identidad es la idea y la sensación móviles que tiene el ser humano, en una sociedad y tiempo concretos, de ser lo que busca ser con relación a la cultura, a otras(os) seres en su entorno y consigo mismo, y de seguir siéndolo en el transcurso del tiempo.

La identidad no es algo construido y terminado, se está haciendo y siendo una identidad de manera dinámica en relación consigo mismo, las(os) demás y la cultura, a partir de cómo la persona se experiencia a sí misma, y con relación a aquellos(as) y aquella explica dicha situación y la emociona. La movilidad de la identidad, sistémicamente hablando, hace referencia a la posibilidad de que esta cambie en el tiempo, a partir de las relaciones sociales y por la inter-influencia, la interrelación y la interdependencia con el medio, la cultura y la sociedad.

La identidad es la emergencia de la construcción, no siempre consciente, que afecta los procesos de socialización del sujeto en la vida cotidiana, mas específicamente en la educación (formal, no formal e informal) que provee a la personas los referentes del “deber ser” identitario; un “modelo” único que rige el comportamiento de los seres humanos, sustentado en las estructuras de poder, reforzado por la cultura, la sociedad y en las relaciones sociales; dicho modelo está tan enraizado en la cultura que es difícil desprenderse del mismo para asumir nuevas formas comportamentales.

Respecto a la sexualidad, dicho “deber ser” es eminentemente heterosexual, concibe la existencia de diferencias entre las mujeres y los hombres, basadas en el sexo y el género, que determinan relaciones inequitativas y maneras de ser, comportarse, relacionarse, e inclusive, atribuye capacidades diferenciales intelectuales, productivas y emocionales.

Como lo afirma Velandia (2004), en la aproximación contextual en un tiempo y espacio determinados el sujeto debe pensarse a sí mismo teniendo como referente la mirada externa. Es decir, el sujeto construye una identidad de “lo que quiere ser” a partir de lo que le han dicho y ha entendido que es su deber; pero en la práctica no lo vive como tampoco experiencia plenamente su “querer ser”, dado que las representaciones sociales y culturales y el cruce de miradas (familiares, escolares, eclesiales) afectan su propia construcción subjetiva hasta el punto que aquello que “quiere ser” es “traicionado” por la presión social que lo obliga a “estar siendo” una mezcla entre aquello que se espera que sea y lo que él o ella misma desea ser.

El “querer ser” se relaciona directamente con las expectativas, emociones y explicaciones particulares; y, el “estar siendo” es aquello que en los procesos de socialización a la persona le “toca ser”. El “estar siendo” emerge de las relaciones simbólicas entre el “deber ser” y el “querer ser” o más concretamente entre la cultura y la sociedad y lo que cada persona identifica de y para sí misma.

El autorechazo y la autoexclusión de los y las marginados(as) sexuales son más que la consecuencia de su condición minoritaria, el resultado de la situación de marginalidad en la cual los/las ha situado la sociedad, la cultura y las relaciones sociales de las que forman parte; hecho que, además, es el origen de la escasa atención que reciben a sus necesidades y de su escasa participación en los proyectos de construcción social. Las y los marginados sexuales son considerados(as) como ciudadanos de tercera, desheredados, y por tanto, tratados como excepción o minoría.

Entre las MS se ubica a las mujeres, a las personas que se asumen o están construyendo identidades relacionadas con las homosexualidades, lesbianidades o bisexualidades; sus tránsitos identitarios de género (los/las transgeneristas)[4] o de género y cuerpo (los/las transexualidades), o de solo cuerpo (intersexualidades)[5]; y, a quienes sin distingo de su orientación sexual asumen formas de obtener placer o practicas eróticas que no se ciñen al “deber ser” sexual, como por ejemplo las personas sádicas, masoquistas, voyeristas, exhibicionistas, entre otras opciones, y a las personas que asumen variaciones relacionadas con el vestido y los accesorios, como es el caso de las y los transvestis, los y las transformistas, y los/las drag queen y las/los drag king. No toda persona que es explicada y vivenciada como minoría sexual se piensa a sí misma en tal condición.

Lograr que todos los seres humanos sean reconocidos como actores válidos en todos los espacios de co-construcción social, requiere que independientemente de si se forma parte o no de una minoría sexual se reconozca que los excluidos y las excluidas pueden participar en igualdad de oportunidades para lograr los servicios y beneficios a los cuales tiene derecho todo ciudadano en un estado social.

El reconocimiento se ha dificultado en cuanto que: primero, no todas las personas que hacen parte de las MS se asumen o quieren ser comprendidas como parte de estas; segundo, no se comprenden a sí mismas como parte un mismo sector al interior del grupo de las minorías; tercero, se percibe que a pesar de ser minoría sexual los otros y las otras en otras sexualidades son diferentes y en consecuencia no tienen los “mismos problemas”; cuarto, se entiende que los trabajos, acciones, discusiones teóricas, emociones no son similares en hombres y mujeres, personas masculinas, femeninas y en tránsitos identitarios de género o cuerpo, personas con orientaciones sexuales diferentes o expresiones comportamentales sexuales diversas; quinto, porque social y particularmente la vivencia de la homofobia no posibilita la interacción positiva con y entre las personas consideradas parte de las MS.

Se percibe que la “mayoría sexual” se rige y relaciona desde los patrones del machismo, sexismo, misoginia, falocracia y homofobia; es decir, se entiende y acepta como verdad irrebatible que los sexos son dos (hombres-mujeres), que las personas “deben ser” heterosexuales, los hombres masculinos y las mujeres femeninas, y que, sus formas de obtener placer deben vivirse en la esfera de la intimidad, no hablarse de ellas, y que lograrlo es propio de los hombres y un sufrimiento para las mujeres.

La percepción sexual del mundo se fundamenta en los orígenes de los discursos que explican las homosexualidades y en algunos casos, el género. Hasta fines del siglo XVIII, tres códigos regularon la sexualidad humana: el derecho canónico, la pastoral cristiana y la ley civil. Foucault destacó el papel que la sexualidad tuvo en el ejercicio moderno del poder, señaló la conexión entre los dispositivos de la sexualidad y del poder en el discurso moderno; para él la ciencia moderna focaliza su atención en los "perversos", originando nuevos tipos de personas, una "implantación perversa" que multiplicó los controles sobre todos los individuos: los homosexuales y los que podrían serlo (Foucault, 1976: 53).

Becker (1963) en “Outsiders”, afirma que los grupos sociales crean la desviación al "rotular" a ciertos individuos como los "fuera de lugar" (outsiders). Un "desviado" es todo aquel a quien el rótulo ha sido aplicado con éxito. La rotulación es un proceso en el que quienes ostentan el poder en una sociedad asumen un rol político, como poseedores de la “verdad” y el “deber ser”, desde el que excluyen a los trasgresores, con tal éxito que la sociedad y la cultura se asumen homofóbicas; logrando, que incluso, los outsiders se piensen a sí mismos en tal condición. La ciencia moderna apoya la “reconstrucción” rotuladora del ser y la distribución del poder, acto que se reitera en quienes se consideran o no trasgresores.

Como lo veremos a continuación, tres ordenes (moral-religioso, biomédico y cultural-social) se imbrican, interrelacionan, interafectan e interdependen produciendo nuevos discursos sobre las sexualidades y como emergencia la homofobia; concepciones que están tan enraizadas en nuestra cultura que afectan la manera como se vivencia el mundo, nos afectamos por él, y lo comunicamos. La homofobia más que el rechazo a los homosexuales es una construcción ideológica que explica, vivencia y emociona desde y por la heterosexualidad, y se internaliza por quienes se entienden como diferentes en cualquier aspecto del “deber ser” sexual.

Discursos que explican las sexualidades y la homofobia
Los poderes civil, político y religioso se reafirman permanentemente los unos a los otros, para estos, en general, tan solo cuentan los desarrollos de la ciencia cuando se hacen demasiado evidentes sus desatinos. En el tema de la sexualidad, el poder religioso ha logrado influenciar hasta tal punto a los demás poderes que las discusiones de los políticos, los militares y la sociedad civil en los temas sexuales se encuentran permanentemente influenciados por lo que las iglesias, y en nuestro país predominantemente la iglesia católica determinan como el “deber ser” sexual.

Discursos de orden moral-religioso: tienen sus orígenes en la propuesta judeocristiana de la sexualidad. Greemberg (1998) afirma que algunos siglos después de Cristo, exactamente en el año 309, en lo que actualmente es España, el Consejo Eclesiástico de Elvira aprobó una serie de leyes canónicas referentes a la conducta sexual. Estas leyes se convirtieron posteriormente en la legislación civil de toda Europa, cuando el emperador Constantino proclamó que el cristianismo era la religión estatal del Imperio Romano. La conducta sexual, que hasta el momento era algo particular y personal, fue reglamentada por la iglesia y el estado.

A la homosexualidad, que se le consideraba una conducta “antinatural”, se le designó como sodomía[6] retomando al libro del Génesis en la Biblia.[7] Los estoicos y otros filósofos griegos abogaban en sus escritos por la indiferencia ante toda fuente de placer, incluso el sexual, y la renuncia a cualquier emoción excesiva; además consideraban que la única sexualidad “natural” tenía como propósito la procreación; incluso el sexo podía “contaminarse” si aún con el fin procreativo se obtenía de él demasiado placer. Toda actividad con otro fin se consideraba ilegítima y antinatural. Tomas de Aquino, en su Summa theológica, escribió que la utilización de los órganos sexuales para cualquier propósito diferente a la procreación era lujurioso y pecaminoso. Aquino consideraba que las relaciones entre personas del mismo sexo eran actos egoístas y destinados a la obtención de placer.

En la Edad Media se desaprobaron las relaciones entre hombres, pero no fueron castigadas severamente. Los Estatutos del Melfi, del Reino de Sicilia, castigaban muchos delitos religiosos comunes como la usura (prestar dinero con intereses) pero callaban manifiestamente éstas relaciones. Para explicar la inusual indulgencia de sus estatutos, el emperador Federico II fue acusado personalmente por el Papa de “sodomía” y de mantener relaciones con otro hombre. La legislación inglesa del siglo XIII estipulaba que las personas que habían mantenido relaciones sexuales con judíos, niños y miembros de su propio sexo fueran enterradas vivas (Bokswell, 1980). En el siglo XIV los monarcas y los príncipes de toda Europa cedieron ante la presión de la iglesia católica para hacer de la sodomía un delito a menudo capital.

En el esquema judeocristiano actual, la genitalidad está eminentemente ligada a la capacidad reproductiva de los individuos. Generalmente, es analizada desde la perspectiva de los sexos y tiene como fin la procreación; está limitada a la relación entre personas de sexos diferentes y su disfrute es visto como una “corrupción de la carne”. McCaffrey (1971), evidenció que la actitud de la iglesia hacia la homosexualidad había permanecido prácticamente inmutable desde lo que escribió Santo Tomás en el siglo XIII; en tal sentido, el autor ponía en entredicho que la visión de Santo Tomás sobre la naturaleza y la sexualidad humana en general, así como su comprensión de la homosexualidad, pudiese seguir siendo base de la valoración moral de la época.

Dicha visión sigue intacta. La iglesia católica sostiene en su Catecismo: “La inclinación sexual no constituye una característica equivalente a la raza, el origen étnico u otras que se relacionen con la discriminación, por el contrario, la inclinación homosexual es una enfermedad... Como seres humanos los homosexuales tienen los mismos derechos que las demás personas... De todos modos, éstos derechos no son absolutos; se los puede limitar de manera legítima en los casos en que existe una conducta enferma. A veces esto no sólo es legal, sino también constituye una obligación... Los homosexuales pueden participar en las actividades de la iglesia, sólo si practican la abstinencia sexual”. Cabe destacar que el Catecismo Católico no hace referencia en sus pasajes a la mujer lesbiana ni a los bisexuales.

El Vaticano promulgó el documento “Consideraciones acerca de los proyectos de reconocimiento legal de las uniones entre personas homosexuales”, preparado por la Congregación para la Doctrina de la Fe -antes llamada Santo Oficio- (2003), en el cual se afirma que Las uniones de PDMS son inmorales y nocivas para la sociedad… la homosexualidad es un hecho desordenado y su práctica un pecado grave contrario a la castidad. En él, se pide a los políticos católicos que se opongan a las leyes que reconocen las uniones homosexuales.
Discursos de orden biomédico: patologizan la sexualidad; la iglesia y el poder civil se apoyan en éllos para mantener en el primer plano de la conciencia todo aquello que no hace parte del “deber ser” interpretando que toda práctica trasgresora es necesariamente antinatural, enfermiza y culturalmente inaceptable.

Ulrichs (1994) es el primer teórico en crear un vocabulario para hacer referencia a las personas cuyo polo de atracción sexual son personas del mismo sexo (1867). Acuñó las palabras “uranier” para designar a los hombres que amaban a los otros hombres y “dionäer” para los hombres que aman a las mujeres; posteriormente los denominó respectivamente “urning y dioning”. Las mujeres que se sentían atraídas por otras mujeres eran “urninging” y el “urano-dioning” era quien se sentía atraído por hombres y mujeres.

“Uraniaster” son los hombres que a falta de mujer se relacionaban con otros hombres: Al que se casaba por la presión social y asumía un estilo de vida similar al que hoy llamamos heterosexual lo denominó: “virilisirt”. Incluso, formuló nombres diferentes para el “urning” afeminado: “weibling” y para el masculino, “mannling”. Aclaró además, que entre todas estas denominaciones era posible encontrar múltiples variaciones. Planteó que la orientación sexual era innata, inamovible y por consiguiente “natural”. Afirmó: “no existe el amor antinatural. Donde hay verdadero amor, también hay naturaleza”.

Ulrichs al enterarse que los órganos sexuales de los machos y las hembras se desarrollaban a partir de los mismos tejidos del embrión sexualmente inmaduro, postuló que el “espíritu” también podía no estar formado y ser susceptible de convertirse en “masculino” o “femenino”.

El escritor austríaco-húngaro Karoly Maria Kertbeny, en un panfleto anónimo enviado al ministro prusiano de justicia, acuña la expresión "homosexualidad", la cual significa más o menos lo mismo que el término de Ulrich "uranismo". Los "uranios" son ahora llamados "homosexuales" por Kertbeny, quien también exige la reforma de la ley (Humboldt-Universität zu Berlin, 2005). Richard von Krafft-Ebing (1896) autor de Psychopathia Sexualis, entrelazó el tema de la homosexualidad a la enfermedad mental por más de 80 años; él, que rechazaba la terminología de Ulrichs, recuperó para sus escritos el término homosexual, igualmente utilizó el término “degeneración” creado a finales del siglo XVIII y empleado a mediados del siguiente siglo para explicar conductas humanas que iban desde el retraso mental hasta la criminalidad.

Krafft-Ebing sentó las “bases científicas” de una serie de estereotipos sobre los homosexuales: son asténicos, superficiales, supersexuados, incapaces de mantener relaciones maduras y proclives a la enfermedad mental. Concluyó que la única sexualidad “natural” era la heterosexual procreativa. Consideraba que la “sexualidad contraria” así como el alcoholismo y la locura, eran expresiones de un sistema nervioso de constitución defectuosa; incluso creía que la masturbación podía causar el desarrollo de la homosexualidad.

Henry Havelock Ellis y John Addington Symonds escribieron el libro “Inversión Sexual”, en él discurrieron que los hombres homosexuales no son tan diferentes de los demás, a no ser por sus compañeros sexuales (Grosskurth, 1980). Sigmund Freud (1909) escribió: “la investigación psicoanalítica se opone enérgicamente al intento de separar a los homosexuales de las demás personas como si fuera un grupo de una naturaleza especial... los invertidos atraviesan durante su infancia una base de fijación muy intensa pero breve por... (su) madre y, tras superarla, se identifican con la mujer y se consideran ellos mismos objetos sexuales; es decir, partiendo de una base narcisista, buscan a hombres jóvenes que se parezcan a ellos en personas a las que desean amar como sus madres les amó a ellos... Su deseo obsesivo por el hombre demuestra verse determinado por su huida incansable de la mujer”.

Alfred Kinsey (1948) cuestionó la validez de casi todo lo que se había escrito en materia de conducta sexual hasta entonces, partiendo de que la gran mayoría de investigadores se basaron en prejuicios caducos que invalidaban sus conclusiones. En “Sexual Behavior in the Human Male”, en el capítulo “Expresión homosexual” se entiende que la homosexualidad era muy frecuente entre la población normal, y era poco improbable, entonces, que fuera algo patológico. En el texto se lee: “En vista de los datos de que ahora disponemos sobre la incidencia y frecuencia de la homosexualidad, y en particular su coexistencia con la heterosexualidad en la vida de una parte considerable de la población masculina, es difícil mantener la opinión de que las relaciones psicosexuales entre individuos del mismo sexo son escasas y por consiguiente anormales o antinaturales o que constituyen en sí una prueba de neurosis o incluso de psicosis”.

En 1956, Kinsey publicó su segundo informe titulado “Sexual Behavior in the Human Female”. En él declaró: “Sólo se puede determinar cuántas personas pertenecen en un momento determinado a una de las clasificaciones de la escala de heterosexualidad – homosexualidad”. Igualmente, fue enfático en afirmar: “una de las características de la mente humana es que intenta clasificar los fenómenos por dicotomía. Las cosas son una cosa o su contrario. La conducta sexual es normal o anormal, socialmente aceptable o inaceptable, heterosexual u homosexual; y en estos temas, mucha gente no quiere creer que entre un extremo y el otro existen grados”.

Evelyn Hooker (1958) escribió el artículo “La adaptación del hombre declaradamente homosexual”, en él presentó tres conclusiones: 1. la homosexualidad no existe como entidad clínica. Sus formas son tan variadas como en el caso de la heterosexualidad; 2. La homosexualidad puede ser una desviación del modelo sexual que entra dentro del modelo de lo psicológicamente normal; 3. El papel que desempeñan determinadas formas de deseo y de expresión sexual puede ser menos importante para la personalidad y el desarrollo de lo que frecuentemente se ha asumido.

La Asociación Psiquiátrica Americana, APA, en abril de 1.974, utilizando como respaldo a Hooker, consideró que la homosexualidad per sé no es un trastorno mental y por lo tanto no puede clasificarse como tal, por no ser ésta una categoría diagnóstica; en su lugar, se crearon las de trastornos de orientación sexual (DSM III R: Modern Synopsis of Comprensive Text Boock of Psychiastry IV). En el DSM-IV (APA, 1994) se agruparon los trastornos de género y de la identidad psicosexual en una misma categoría.

En la Clasificación Internacional de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud, CIE-10,1987, no se incluye la homosexualidad como enfermedad. En ella se señalan, además los problemas psicológicos conductuales asociados al desarrollo y la orientación psicosexual, que pueden ser o no problemáticos para el sujeto y en esa medida afectan el funcionamiento individual y la pareja al actuar sobre las preferencias y patrones de relación eróticosexual.

Money (1955) traslada la palabra género de la gramática a la medicina, advirtiendo la sobresignificación que pesaba sobre el término sexualidad. Stoller R. desde el campo del psicoanálisis corrobora los hallazgos de Money: “Bajo el sustantivo género se agrupan los aspectos psicológicos, sociales y culturales de la femineidad-masculinidad, reservándose sexo para los componentes biológicos, anatómicos y para el intercambio sexual en sí.”. Edmund Bergler (1956), afirmó que “no hay homosexuales sanos”.

Money (19906 planteó que la bipotencialidad ha sido investigada primeramente en el hipotálamo, donde se ha establecido el diformismo masculino-femenino... es un supuesto camino de la homosexualidad como algo intermedio entre ambas... de estirpe orgánica, es decir, no volitiva y produce una confrontación drástica tanto en lo político como en lo moral, con los postulados de la “desviación” y la preferencia homosexual por elección.

Discursos de orden cultural-social: las teorías socioculturales influyen de tal forma que muchos autores están de acuerdo en considerar que la homosexualidad no es una conducta que tenga relación con la orientación de género, la conducta del sexo opuesto, ni se trata propiamente de un trastorno de la identidad de género (McConaghy y Silove, 1992). Para otros, la homosexualidad puede verse como un aspecto de la expresión sexual de género que refleja profundamente los valores socioculturales contemporáneos (De Cecco y Elia, 1993).

Science (1991) público la investigación realizada por Le Vay, en la que afirma que en el cerebro existe un racimo de neuronas conocidas como INAH3 (tercer núcleo intersticial del hipotálamo anterior), el cual llama “el lugar del sexo”; concluyó que la orientación sexual tiene relación con la estructura dismórfica de la región anterior del hipotálamo y que ésta es el posible substrato de la homosexualidad. Al respecto afirmó: “lo que yo informé fue la diferencia en la estructura cerebral de los hipotálamos, no podemos hablar sobre lo que hace que la gente sea gay o heterosexual, pero esto abre las puertas para encontrar las respuestas a este asunto”.

Le Vay plantea en un nuevo estudio -esta vez con sujetos vivos y usando la tecnología de las imágenes de resonancia magnética- “sí hay influencias ambientales, éstas operan muy temprano en la vida, en la etapa fetal o en la infancia temprana, cuando el cerebro se está todavía integrando. Soy muy escéptico ante la idea de que la orientación sexual es una cosa cultural”.

Evelin Hooker, frente a la investigación de Le Vay interrogó en la misma revista: “¿Por qué queremos saber la causa? Es un error esperar que podamos modificar o cambiar la homosexualidad... Si entendemos su naturaleza y la aceptamos como dada, estaremos más cerca de la clase de actitudes que harán posible a lo homosexuales llevar una vida decente en la sociedad”.

Hamer (1993) y su equipo descubrieron que es frecuente la existencia de otros homosexuales en la familia; el 13.5% de los hombres estudiados tenía un hermano homosexual y con frecuencia un tío o un primo por parte materna -el cromosoma X proviene del ADN de la madre-. Al examinar los marcadores de ADN en los cromosomas X de esos hermanos, se descubrió que 33 de los 40 pares compartían marcadores en el extremo del brazo largo del cromosoma X en un área denominada Xq28. En estudios posteriores, con otros 32 pares de hermanos homosexuales, volvieron a hallar que 23 de ellos compartían el marcador Xq28; examinando familias de hermanas lesbianas descubrieron que no existía correlación entre el Xq28 y la lesbianidad. De lo anterior se desprende que la herencia sólo es parcialmente responsable del desarrollo de la orientación homosexual, y que el hecho de compartir genes idénticos no predice resultados idénticos en cuanto a la sexualidad.

Durante las décadas del 50 al 60 del pasado siglo, y en consonancia con las propuestas teóricas del construccionismo social y las nuevas posibilidades en terapias hormonales y quirúrgicas, emerge un nuevo estilo de manejo clínico de la intersexualidad. Richard Green y Robert Stoller, asociados a las investigaciones de John Money, establecieron el carácter esencialmente construido de las identidades de género, liberándolas de todo determinismo biológico. La construcción social del género precisaba, sin embargo, la convicción personal y social acerca de la identidad y su anclaje en formas corporales congruentes, por lo cual la ambigüedad sexual debía ser “normalizada” para producir sujetos claramente femeninos o masculinos.

Límites y transgresiones discursivas
Los limites entre los discursos moral-religioso, biomédico y cultural-social se permean permanentemente. Lyotard postuló que el eclecticismo es el grado cero de la cultura general contemporánea. Para él, la estética por excelencia de la posmodernidad es el kitsch o todo vale, lo que no se puede gobernar con reglas preestablecidas, lo que no se puede definir.

Lipovetsky (1986), en su texto “La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo”, afirma: “El viejo modelo cartesiano de identidad fija y sustantiva del hombre se ha desvanecido. Por el contrario, la posmodernidad parece imaginar un mundo dentro del cual la diferencia y la diversidad no sólo se toleran sino que se celebran. Aparece en ella un discurso que cuestiona la identidad de los géneros, e introduce una nueva dimensión: la multiplicidad de identidades y el rechazo de la feminidad y la masculinidad como categorías inmutables y monolíticas. Este discurso proviene de la voluntad de autonomía y de particularización de los grupos e individuos: neofeminismo, liberación de costumbres y sexualidades, reivindicaciones de las minorías, etc.”.

Siguiendo esta línea, Gabriel Cocimano (2004) considera que “Todos los órdenes de la sociedad posmoderna están atravesados por signos híbridos, heterogéneos e indefinidos: la política, el arte, la moral, el sexo, la historia. Esa sociedad se ha adolescentizado, y todos los síntomas típicos de la adolescencia -la edad ambigua por excelencia- están presentes en la cultura posmoderna: hedonismo, identidades híbridas, ambigüedad sexual. El viejo modelo de identidad genérica fija e inmutable del hombre moderno se desvaneció, y la era contemporánea avanza hacia un mundo dentro del cual la diferencia y la diversidad se toleran y se celebran. La multiplicidad de identidades y el rechazo de la feminidad y la masculinidad como categorías monolíticas comienzan a derrumbarse: la liberación sexual, que representó en otros tiempos una trasgresión a las formas instituidas, ha mutado en un erotismo diluido y ambiguo, acaso por exceso y saturación. La ambigüedad aparece entonces como producto de la indiferencia, la incertidumbre y la competencia entre los sexos, paradójicamente como un modo de alimentar la obsesión -negativa- de la sexualidad.”

El discurso biomédico retomó conceptos religiosos al definir las expresiones sexuales en la búsqueda de placer como “aberraciones”; posteriormente, tratando de subsanar la discriminación que ello genera se prefirió utilizar el concepto de “parafilias” que más adelante y por la misma causa se modificó al de Expresiones Comportamentales Sexuales. Conceptos como “orientación sexual” son utilizados por los constructores socioculturales en sus discursos a pesar de que para estos es evidente que están haciendo uso de una categoría eminentemente biomédica.

Un ejemplo bastante actual del cruce entre lo biomédico y lo cultural, aceptado por la comunidad homosexual trabajando en la PP sobre el sida, es la utilización del concepto "hombres que tienen sexo con hombres (HSH)", que incluye en su definición a todos los varones -que ubica en contextos socio-culturales- y en los que se reconoce que tienen relaciones sexuales con otros varones que poseen diferentes orientaciones sexuales (homosexual, gay, bisexual, transgénero, transvesti, transexual, heterosexual) y que no poseen una identidad al respecto.

Esta categoría comportamental revela una enorme diversidad y heterogeneidad, además de una compleja interrelación entre identidad sexual, deseo sexual, prácticas, comportamientos sexuales, redes socio-sexuales y roles de género. Su uso evidencia la necesidad y la imposición, cuando de sexualidad se habla- del eclecticismo del que nos habla Lyotard. La reutilización de conceptos sexuales que poseen una fundamentación cultural como lo son los de “tránsitos identitarios de género” y la “movilidad de la identidad sexual” imbrica a lo cultural categorías epidemiológicas de carácter biomédico como homosexual y bisexual -que denotan patologías- a pesar de que igualmente se comprenda que en su interior poseen una noción de “homogeneidad” que niega la unicidad.

Construyendo mundos
Las MS no son una común-unidad organizada como tal. En Colombia, desde la creación de las primeras organizaciones feministas, pasando por la formación del Movimiento Homosexual Colombiano (1976), del sector LGBT de “Planeta Paz”[8] y de la participación de una serie de personas y organizaciones L, G, B, T, hasta la reciente fundación de la organización “Colombia diversa”[9], no ha sido posible lograr la consolidación de una organización que cumpla con lo que Duran plantea como la necesidad primordial de toda comunidad de PP, es decir, la existencia de un sistema similar de creencias demuestran un cierto grado de coordinación de sus actividades en el tiempo, respaldadas por una serie de valores, fundamentos, supuestos, y percepciones de un déficit social al que se necesita dar respuesta.

Las mujeres y los/las LGBT sufren igualmente de homofobia social e internalizada a la que suman la multiversalidad en las construcciones teóricas con respecto a los sexos, sexualidades, cuerpos, géneros, orientaciones sexuales y expresiones comportamentales sexuales han hecho mella en los desencuentros entre los diferentes sectores al interior de las MS.

Dicha homofobia ha conducido además a que los intentos por hacerse presentes en los escenarios políticos y participar en la creación de una PP se hayan circunscrito a los esfuerzos aislados de algunas feministas, y de miembros(as) de los sectores de LGBT y los conformados por otras personas con tránsitos identitarios de cuerpo y sexualidad.

No puede negarse, sin embargo, que con ello se han logrado en Colombia ciertos cambios en las políticas de equidad de género (mas no de géneros), -como por ejemplo la “Ley de cuotas” que promueve la participación de las mujeres en cargos públicos-, en los derechos civiles de parejas de sexo diferente, en los programas de prevención del sida y en el desarrollo de las políticas de salud sexual y reproductiva a nivel nacional, y en las locales con relación a los sectores LGBT con el proyecto “por una Bogotá más incluyente” y con el “Plan de desarrollo por el respeto y la visibilización de las diversidades sexuales” en Medellín; lo que ha significado cierta apertura mas no una disminución significativa de las vulneraciones, pero que si ha posibilitado el avance hacia el logro de una “diferenciación positiva o discriminación positiva” con medidas que establecen beneficios en favor de las MS, dado que se encuentran en situación de desventaja social.

El objetivo de la participación en la PP es en ultimas, suprimir y prevenir una discriminación o compensar las desventajas resultantes de actitudes, comportamientos y estructuras existentes en la sociedad, a partir de la lucha contra las desigualdades generadas por la estructura social, que sufren las mujeres y los/las LGBT por razón de su sexo, raza, origen, religión, etc.

La aproximación a dicho objetivo como lo diría Esguerra (2004) puede observarse en que “un alcalde y su administración acompañen de manera clara a los ciudadanos LGBT en el acto que los visibiliza – la marcha del orgullo gay- y que se ha constituido en forma de resistencia frente a la muerte social prescrita desde la "heterosexualidad obligatoria", el heterocentrismo y el heteropatriarcado”. Algunos intentos de trabajo intersectorial se han podido observar igualmente en la discusión sobre la obtención de los derechos civiles de las PdMS y más recientemente en el tema de la interrupción del embarazo.

A pesar de los logros obtenidos no todos los sectores de las MS participan en la PP en igualdad de condiciones ni poseen un interés similar por temas que consideran más de otros o de otras por no ser ellos o ellas los y las directamente implicados. A ello se agrega el hecho de que temas como la adopción o el aborto requieren de una mayor y más profunda discusión para su comprensión y la de los argumentos de quienes están en contra como prerrequisito para que haya una unidad tanto discursiva y emocional como el la planeación, ejecución, seguimiento y evaluación de las acciones.

En ultimas, la participación en la PP de las MS requiere de todos sus actores, abrirse a entender y asumir que las diferencias entre las mujeres y los/las LGBT -y entre ellos y ellas mismas/os- son mucho menores que los supuestos abismos conceptuales, emocionales y experienciales que parecen distanciarlos/las y dificultan su unidad, pero en especial darse cuenta y empoderarse del hecho de que solo en la medida en que se trascienda la homofia social, particular e internalizada logrará superarse el escollo que con mayor fuerza impide el reconocimiento de los otros y las otras como auténticos(as) otras(os) cualquiera que se a su sexo, cuerpo, genero, orientación sexual o expresión comportamental sexual.

Notas al margen

[1] Según Donny Meertens (2002), un enfoque diferencial es un método de análisis que toma en cuenta las diversidades e iniquidades existentes en nuestra realidad, con el propósito de brindar una adecuada atención y protección de los derechos de la población. Emplea un análisis de la realidad que pretende hacer visibles las múltiples formas de discriminación contra aquellas poblaciones consideradas diferentes y define las discriminaciones más relevantes en el contexto de la crisis.
[2] Ser Sujetos de derechos en las políticas públicas, en una condición sine qua non que le posibilita al sujeto social la posesión de una clave de lectura de la realidad, con conciencia de su propio ser y de su operar, y con la suficiente autonomía para liberarse de los condicionamientos y manipulaciones de los otros y las otras, confrontando su solidaridad con la de otros, y a su vez individual y societalmente ir construyendo su identidad.
[3] Sexo biológico hace referencia a un punto ubicado en un continuo en el que sus extremos son los opuestos reproductivos funcionales, que caracterizan de manera diferenciada la conformación de los rasgos primarios y secundarios que nos caracterizan y diferencian tales como el sexo gonadal, hormonal, el sistema genital externo e interno, la estructura cerebral, la morfología corporal, la estructura ósea y muscular, la distribución de las grasas y del vello púbico, entre otras. Si es entendido como definición psicosocial, a la definición de macho y hembra deben sumarse la de identidad de género.
[4] Transgénero: término que describe un amplio rango de personas que experimentan y/o expresan su género de forma diferente al deber ser; incluye a transexuales, transvestis, como así también toda persona que expresa características de género que no corresponden con las tradicionalmente asociadas al sexo de la persona (que se asume tiene de origen). Los tránsitos de género pueden ser de lo masculino a lo femenino, de lo femenino a lo masculino o presentar simultáneamente características tanto masculinas como femeninas.
[5] Intersexuales: presentan simultáneamente características morfológicas correspondientes a ambos sexos (tejido ovárico y testicular en la conformación interna de su aparato reproductor). En la especie no solo se presentan el macho y la hembra sino igualmente “estados intersexuales” con diferenciación somatosexual durante el desarrollo prenatal de la expresión particular en los sexos genotípico y fenotípico. Se han estudiado 16 variantes intersexuales.
[6] Varios actos se llamaban sodomía: la masturbación, el contacto oral o anal con el pene que se producía entre un hombre y una mujer, las relaciones sexuales con animales y el coitus interruptus. Incluso a cualquier relación en la que el hombre asumiera posición diferente a estar encima de la mujer y esta boca arriba, ya que disminuían la capacidad de concebir. A las relaciones entre hombres no se les incluyó en ese grupo.
[7] Génesis 19:1-25, Sodoma y Gomorra. En dos listas paulinas de vicios, encontramos un término raro y oscuro, probablemente acuñado por el mismo San Pablo a partir de dos palabras griegas comunes que literalmente se puede traducir “varón-camas”, (griego: arsenokoitai). En I corintios 6:9, “varón-camas” es precedido por la palabra común que significa “suave”, “blando”. La Biblia Reina Valera, tradujo “varón-camas” como “los que se echan con varones”, y “suave”, “blando”, como “afeminado”. Incluso en el siglo XX hay teólogos (especialmente católicos) que citan el texto para condenar la masturbación.
[8] OBC que reúne desde el 2000 a personas de diferentes sectores sociales populares (entre ellos mujeres y personas LGBT); pretende cubrir la diversidad geográfica, cultural y organizativa de las comunidades de Colombia, integrándolas en un proyecto de formación que involucra componentes investigativos y comunicativos para visibilizar, fortalecer y consolidar liderazgos colectivos sociales y populares en los escenarios políticos de paz.
[9] ONG que trabaja desde 2003 en favor de los derechos de LGBT en Colombia; surge a partir de las lecciones aprendidas que deja el proceso de incidencia política frente al Proyecto de Ley que busca reconocer derechos a parejas del mismo sexo.

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