sábado, 22 de marzo de 2008

El caso de los homosexuales en el Partido Liberal Colombiano

Minorías sexuales y participación política: el caso de los homosexuales en el Partido Liberal Colombiano
Velandia Mora, Manuel Antonio
20.12.05


¿Será posible que nuestra gran eficacia para vivir en los más diversos ambientes se vea eclipsada y a la postre anulada, ante nuestra incapacidad de vivir los unos con los otros? ¿Será posible que la humanidad pueda estar llegando a su términoy nuestra civilización verse en peligro, sólo porque el ser humano no ha logrado conquistarse a sí mismo, comprender su naturaleza y actuar desde este entendimiento?
Rolf Behucke

Las distintas anatomías de los cuerpos femenino y masculino no bastan como referencias para registrar las diferencias entre hombres y mujeres ni para explicar los procesos de construcción identitaria.
Marta Lamas

Resumen

Los homosexuales más que otras minorías sexuales han participado en las contiendas políticas electorales colombianas, sin embargo su participación es más de forma privada que como fruto de procesos de construcción de comunidades, tal vez ello se deba a que el proceso de construcción de sus identidades se dificulta en un espacio en que la homofobia socializada no crea las condiciones necesarias y suficientes para desarrollar la identidad particular hasta el grado de evidenciarla públicamente. La cultura, la sociedad y las relaciones sociales, construyen un “modelo” del “deber ser” de la sexualidad, sin embargo cada persona construye con base a ese modelo su propio modelo de la que sexualmente “quiere ser” pero en la práctica y por las necesidades propias de la convivencia y la socialización se ve obligada a “estar siendo”, que es el producto de las relaciones simbólicas entre el “deber ser” y el “querer ser” o más concretamente entre la cultura, la sociedad y lo que cada persona identifica de sí mism@.

Algunos homosexuales y lesbianas han participado activamente como miembros del Partido Liberal o del Polo democrático en los procesos democráticos electorales colombianos, sin embargo, los homosexuales y lesbianas quienes pudieran ser sus electores y electoras no han asistido a las urnas tan masivamente como algunos especialistas y analistas lo esperaban. Cuáles son las razones para que los homosexuales, las lesbianas, los y las transgéneros, los y las bisexuales no se asuman políticamente como minoría y no tengan una participación activa en los partidos políticos.

El análisis que se presenta a continuación se basa en la experiencia participativa del autor como candidato a la Cámara de Representantes en las elecciones de 2002 y al Consejo de Bogotá D. C, en las elecciones de 2003; teóricamente se sustenta en la aplicación de la teorías sistémica, de las emociones como motores de la acción humana, y del lenguaje como generador de mundos construcción teórica que posibilita comprender a los seres humanos como sujetos en permanente construcción de sí mismos y por tanto en continua movilidad de sus identidades y de las de los demás.

Minorías sexuales y participación política

El movimiento homosexual colombiano se funda en 1976[1], sin embargo tan solo en lo que va corrido del siglo XXI los homosexuales han participado activamente en la actividad política partidista; por el partido liberal lo hicieron en las elecciones de 2003 al consejo la lesbiana Claudia Marisol Buitrago Saavedra en Palmira (Valle) y los homosexuales Aroldo Pinedo en Santa Marta, Humberto Tobón en Medellín y Manuel Velandia en Bogotá; por el Polo democrático y en estas mismas elecciones participó Germán Rincón, quien previamente había sido candidato a la Cámara por el Partido Liberal en las elecciones de 2001, y al Senado y en dichas elecciones Manuel Bermúdez por el Polo democrático.

Dicha participación se logró debido a la presión ejercida por algunos homosexuales quienes en el caso del Partido Liberal Colombiano[2] lograron que este aceptara a las minorías sexuales como un sector social con pleno reconocimiento. Es evidente que las minorías sexuales no existen para los políticos tradicionales como también lo es que aun para los liberales los derechos de estas minorías no parecen ser importantes, probablemente porque en su confusión los homosexuales y otras minorías tampoco son “derechos” sino seres extremadamente marginales a pesar de ser una inmensa y desconocida minoría.

En la convocatoria y reglamentación al Primer Congreso del partido Liberal Colombiano realizado en 2003[3], las minorías sexuales no se contemplaban como parte del “sector social” puesto que las únicas minorías sexuales que allí se nombran son las mujeres, razón por la que otras minorías sexuales por razón de cuerpo (travestis y transexuales), orientación sexual (homosexuales o gay -G-, lesbianas -L- y bisexuales -B-), expresiones comportamentales sexuales e incluso de género (transgenerístas -T-) se les dificultó inscribirse al Congreso.

Los principios doctrinarios del Partido (numeral 3) tienen su razón de ser en la promoción del ser humano y la defensa de sus derechos, incluyendo los de equidad y género, a pesar de ello, el partido nunca ha tenido como estrategia comunicativa la posibilidad de tener una perspectiva de género a pesar del reconocimiento del papel político de esta.

Teniendo en cuenta que el Partido, en su doctrina, se compromete a “buscar la solución política a los conflictos existentes en el seno de la sociedad colombiana” y que este es “el Partido del libre examen y de la tolerancia”, y que “en sus deliberaciones internas practicará la crítica y la autocrítica” Velandia propuso:

Que en la Plataforma política y declaración ideológica, del Partido Liberal Colombiano el ítem Principios Doctrinarios del Partido Liberal Colombiano, Numeral 4 quedara escrito de las siguiente manera:

El Partido Liberal tiene su razón de ser en la promoción del ser humano y la defensa de los derechos fundamentales de las personas, entre otros, el derecho a la vida, a la libertad, a la salud, a la educación, al desarrollo cultural, a la equidad, incluyendo la de género, sexo y orientación sexual, a la solidaridad, a la libre asociación, a la privacidad, a la información y a un desarrollo social sustentado fundamentalmente en la educación y la salud pública.

Igualmente formuló que en las convocatorias a los próximos congresos locales, regionales y nacionales o en cualquier otro documento del Partido al hacer referencia a los sectores sociales se redefiniera el concepto de sector social, siendo aprobada dicha propuesta y quedando definida de la siguiente manera:

“El sector social está conformado por las organizaciones sindicales, de pensionados, de campesinos, minorías étnicas, minorías sexuales por razón de sexo, género (como las mujeres), u orientación sexual, jóvenes, dirigentes sociales y de base del Partido, tales como: organizaciones de sectores formales e informales de la sociedad, organizaciones no gubernamentales con propósito social, juntas de acción comunal, asociaciones de padres y madres de familia, ligas de usuarios(as), cooperativas, organizaciones de la cultura, gremiales, empresarios, micro-empresarios, académicos(as), artesanos(as), profesionales, ambientalistas, tenderos(as) y taxistas. Este sector corresponde al 30% de los órganos plurales y colegiados de poder político del Partido, de conformidad con el artículo 17 numeral 2° de los Estatutos.[4]

Con base en la solicitud de Velandia para ser aceptado en representación de las minorías sexuales como candidato al Consejo de Bogotá, la Junta Directiva del Partido Liberal expidió la Resolución Nº 724 de 2003, en la que se habla de los criterios de inclusión en las listas únicas del partido liberal y "por la cual se reglamenta la conformación de listas únicas del Partido Liberal Colombiano a las Juntas Administradoras Locales, Concejos Municipales, Concejo Distrital de Bogotá y Asambleas Departamentales, para las elecciones que se realizarán el 26 de octubre de 2003". Según la resolución, en la integración de las listas para diputados, concejales y ediles, deberán estar representadas las mujeres, las organizaciones sociales y las minorías. Haciendo explícito que en las circunscripciones cuyos concejos estén integrados por más de quince (15) miembros se deberá garantizar un cupo para las minorías sexuales.

Aquí surge un interrogante, si es el Estado quien define las minorías, por qué los homosexuales no son reconocidos en esta condición y deben definirse a sí mismos como tales. De conformidad con el artículo 112 de la Constitución Política “los partidos y movimientos minoritarios tendrán derecho a participar en las mesas directivas de los cuerpos colegiados, según su representación en ellos”, el artículo 176 determina que “habrá una circunscripción nacional especial para asegurar la participación en la Cámara de Representantes de los grupos étnicos (indígenas y negros), las minorías políticas y los colombianos residentes en el exterior”.

Es evidente que para el Estado las minorías parecen ser tan solo las tres ya citadas, sin embargo, según la Corte Constitucional la participación de las minorías tiene como fin “contrarrestar las desigualdades fácticas que existen en la sociedad, en tanto medida de diferenciación positiva; es decir, se trata de una decisión que ubica a un grupo determinado de ciudadanos en condiciones más favorables que las que rigen para la generalidad de la población, como una forma de garantizar su supervivencia colectiva, o de superar las condiciones materiales o sociales desfavorables que les afectan”. Los homosexuales, las lesbianas, los y las transgéneros, los y las bisexuales parecen ser ciudadanos de segunda clase pues a pesar de estar en una condición social desfavorable no son reconocidos minoría.

Adicionalmente, dicho fallo señala que “cabe destacar que la voluntad de la Asamblea Nacional Constituyente, fue adoptar medidas a favor de las minorías con el fin de remediar esa situación desventajosa en que se encuentran, promoviendo su acceso a los diferentes cuerpos colegiados, a la educación y en general a aquellos beneficios que nunca han estado a su alcance". De igual manera se reconoce la necesidad de “proteger algunos intereses de nuestra sociedad colombiana atropellados, marginados, desconocidos, como son los intereses indígenas y de la raza negra” olvidando otros sectores igualmente vulnerados como las mujeres y otras minorías sexuales.

Sólo puede hablarse de una verdadera democracia, representativa y participativa, allí donde la composición formal y material del sistema guarda una correspondencia adecuada con las diversas fuerzas que conforman la sociedad, y les permite, a todas ellas, participar en la adopción de las decisiones que les conciernan. La relación inescindible que se establece entre el pluralismo y la participación en una democracia constitucional como la colombiana, trae como consecuencia inmediata la necesidad de que el sistema representativo refleje al máximo, en su conformación, las distintas alternativas políticas que plantea la sociedad. De ahí que sea importante la lucha del sector de lesbianas, gay, bisexuales y transgenerístas de ser reconocidos como minoría sexual.

Comunidad e Identidades LGBT

A pesar de su lucha y los logros obtenidos en algunos partidos políticos es evidente que los sectores LGBT no participan como minoría muy seguramente porque tampoco se configuran como comunidad.

Según Patrick Morales, el concepto de comunidad contiene en sí mismo la evocación de un relato social univoco (común-unidad) y ordenado, diseñado para construir el bienestar y la armonía. De esta mirada se escapan las múltiples dinámicas sociales e individuales y los nuevos contextos en los que los protagonistas ponen rasgos esenciales que los hacen interlocutores visibles y en los que se muestra su propia imagen reflejada en el espejo (Serge de la Ossa, Suárez Vargas y Pineda Camacho, editores; 2002).

Ese ser únicos y al mismo tiempo seres sociales con unas vivencias, explicaciones y emociones tan particulares dificulta para las minorías sexuales la construcción de la común-unidad muy seguramente porque los homosexuales como las lesbianas, los y las bisexuales y los y las transgenerístas antes de pensarse seres sociales políticos deben pensarse como seres individuales con cuerpos igualmente políticos. Este pensarse y repensarse conlleva la construcción y el reconocimiento de las identidades particulares y el reconocimiento de las diversidades sexuales que se evidencian en la vivencia de cada persona. En tal sentido la dificultad en el encuentro comunitario reposa en la imposibilidad de asumirse masa para redescubrirse actor social particular y homosexual con ciertos aspectos comunes con otros homosexuales, o actriz lesbiana con ciertos aspectos comunes con otras lesbianas.

De esta misma manera un homosexual se descubre estando siendo en una vivencia particular de la homosexualidad que hace parte de la gran diversidad de las homosexualidades y al mismo tiempo es un sujeto que se diferencia en su unicidad de otros quienes se afirman en una identidad similar.

El sujeto ya sea L, G, B o T, aun cuando único se siente, asume y experiencia a sí mismo como un ser escindido en múltiples posibilidades en lo pertinente a los diferentes aspectos de su ser-sistema. La cultura, la sociedad y las relaciones sociales, construyen un “modelo” del “deber ser” de la sexualidad, sin embargo cada persona construye con base a ese modelo el su propio de lo que sexualmente “quiere ser” pero en la práctica y por las necesidades propias de la convivencia y la socialización se ve obligada a “estar siendo”, que es el producto de las relaciones simbólicas entre el “deber ser” y el “querer ser” o más concretamente entre la cultura, la sociedad y lo que cada una identifica de sí mismo.

Desde el “deber ser” social las homosexualidades no deben existir; se espera que los hombres sean machos, masculinos, heterosexuales, machistas y falocráticos y que las mujeres sean hembras, femeninas, heterosexuales y adoradoras del falo, sin embargo los homosexuales son transgresores de dicho “orden”: no se asumen plenamente como machos ya que el macho es quien debe penetrar y la hembra debe ser penetrada y frecuentemente, en una relación genital, dichos roles se intercambian e inclusive algunos nunca ejercen el rol genital “activo” en la relación; no siempre asumen el modelo de la masculinidad puesto que es frecuente que se experiencien en ciertos amaneramientos de género que van desde la asunción de formas comportamentales femeninas hasta el extremo de la machificación del cuerpo con el sobre dimensionamiento y desarrollo de la estructura muscular; no son heterosexuales sino que transitan hacia la homosexualidad; no son totalmente machistas; en sus relaciones con las mujeres suelen ser respetuosos y más equitativos que los heterosexuales aun cuando es frecuente que en sus relaciones de pareja se vivencie algo de este comportamiento; tampoco puede negarse que la falocracia ha perneado las relaciones entre los homosexuales, sus imaginarios y relaciones sociales.

El machismo es una construcción ideológica, una forma de actuar e intercambiar socialmente, de ejercer poder directamente emparentada con el ejercicio del modelo de masculinidad imperante en la cultura. A quienes vivencian ésta situación desde su ser hombres se les denomina machos. El macho o quienes pretenden estarlo siendo se asumen seres superiores a quienes no lo son.

Los machos apoyados por las mujeres y sus proceso de endoculturación en la familia, la escuela, enmarcados por la cultura y las relaciones sociales han construido los imaginarios sobre cómo “debe ser” el comportamiento apropiado para la especie (ya sean hombres o mujeres) y excluyen, estigmatizan, vulneran y marginan a quienes no socializan como típicamente machos.

La separación social entre hombres machos, machos no tan machos, mujeres machas y mujeres femeninas por supuesto no es fruto de un desarrollo racional, sino consecuencia de procesos emocionales, lo que nos llevaría a confirmar el supuesto de que el machismo -y sus consecuencias- son el resultado de la emocionalidad y no de la racionalidad.

El poder autoreferenciado del macho, aceptado por algunas mujeres y homosexuales, ha dado a los hombres, y en especial a los “machos”, una serie de posibilidades para el relacionamiento que se derivan en formas de poder, que se auto y heteroafirman en el poseer uno de los elementos representativos de la imagen corporal del cuerpo del animal macho -el falo-. Este pone a quien lo posee en la escala superior de su especie, en lo que se ha denominado falocracia.

En ésta, tanto las mujeres como los hombres que no asumen el machismo como su referente pleno, son entendidos y asumidos socialmente como grupos a quienes se puede estigmatizar, vulnerar, agredir e incluso, se les considera faltos de hormonas: afirmando que “es la testosterona y no la emocionalidad lo que lleva a los hombres a la aproximación carnal”.

La explicación biologicista del ejercicio de la falocracia olvida que en el proceso de socialización y por los efectos de la cultura los hombres, al convertirse en adultos, aun cuando se afirmen como seres racionales no pueden negar su parte emocional e instintiva. El machismo niega la emoción como una posibilidad condicionada cerebralmente y excluye a todo aquel que aparezca como sensible o exprese su emocionalidad, más aún en situaciones en las que “todo hombre debe ejercer su autocontrol”, como en el duelo, el dolor y en la expresión de los afectos.

Tradicionalmente los homosexuales son una población estigmatizada, excluida, y separada socialmente por diferentes sectores sociales en razón al hecho de no ser tan machos como de ellos se espera. En las zonas en las que en Colombia es más marcado el conflicto con la guerrilla, especialmente con las FARC Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia y los paramilitares, estos actores sociales armados se han convertido en los nuevos guardianes del orden moral. Las guerrillas y los paramilitares han obligado a algunas personas homosexuales a desplazarse fuera de sus territorios e inclusive, a las personas cualquiera que sea su orientación sexual a realizarse la prueba diagnostica de la infección por el VIH; esto con la complacencia de las autoridades civiles y militares.

Sin embargo, en estos grupos armados existe una doble moral; por ejemplo, en algunas zonas de conflicto las travestis y/o transgéneros que trabajan sexualmente se les permite estar en la zona si prestan favores sexuales o son informantes, de lo contrario se les obliga al desplazamiento cuado no es que se les asesina por causa de su identidad y su actividad laboral.

El machismo al interior del militarismo, ya sea de derecho, centro o izquierda siempre ha estado presente en nuestro país. Es frecuente la violencia policial contra homosexuales; esta situación afecta muy especialmente a los transgéneros y transvestis que trabajan sexualmente. Entre 1986 y 1991 los grupos denominados de “limpieza social” asesinaron en Colombia a más de 680 homosexuales.

Durante muchos años el ejército colombiano puso en las libretas militares, documento que informa sobre la prestación del servicio militar obligatorio, un texto en el que se leía profesión: homosexual, siendo esta la razón por la que se les excluía de prestar el servicio. A partir de fallos de la Corte Constitucional a tutelas (mecanismo constitucional que se usa en caso de buscar protección estatal en caso de amenaza o vulneración de los derechos fundamentales), ya no se puede excluir a alguien de las instituciones militares en razón de dicha “profesión”, como tampoco del lugar de trabajo, de estudio o de vivienda.

Aun cuando en Colombia desde el Estado por razón de su orientación sexual no se ha excluido de su cargo a maestros, el estatuto docente, norma que los rige, en uno de sus artículos consideraba la homosexualidad causal de mala conducta; artículo derogado por fallo de tutela. En Bogotá las milicias de las FARC, durante 2003, obligaron al maestro Manuel Gaviria a renunciar a su cargo como maestro en una escuela elemental teniendo como excusa para el “boleteo” su homosexualidad.

Manuel Bermúdez, de la organización Ciudadano Gay con sede en Medellín y quien fuera candidato al Senado en las elecciones de 2002 fue “boleteado” por grupos paramilitares durante su campaña; Manuel velandia, siendo candidato a la Cámara en las elecciones de 2002 fue victima de un atentado con una granada lanzada a su residencia por grupos opositores a su actividad. León Zuleta, cofundador con Velandia del Movimiento homosexual colombiano, fue asesinado en 1994 por razón de sus trabajos en derechos humanos.

“En todas las sociedades la avasalladora fuerza de la sexualidad, de la pulsión sexual, es celebrada, temida, reglamentada y simbolizada. Cada sociedad establece una distinción entre lo que considera "normal", aceptado como sexualidad sana, y lo que considera "anormal", conceptualizado como sexualidad enferma o problemática. Pero al revisar transhistórica y transculturalmente a todas las sociedades humanas, encontramos que cierta práctica sexual es respetada en unas culturas y en otras es repudiada. De forma sutil e insidiosa, la cultura inviste al acto sexual de cierto significado: valora o denigra algunas conductas. Cuando una sociedad condena determinados tipos de comportamiento, los obliga a llevar una vida subterránea o una existencia clandestina.” (Lamas, 1996).

Las experiencias particulares de los homosexuales en el vivenciar, emocionar y explicar el cuerpo trascienden las construcciones teóricas de los especialistas que pretenden ser interpretativas de las sexualidades y las identidades. También es claro que el “deber ser” de la sexualidad que ha sido socializado no logra incluir a las personas consideradas marginales, en especial a quienes vivencian y construyen relatos sobre su cuerpo, la percepción de sí mismos y sus relaciones con una singularidad tal que al tratar de identificárseles socialmente las construcciones explicativas vigentes en la cultura no son suficientes para definirlas y mucho menos para comprenderlas.

Estas condiciones de los homosexuales evidencian que las formas habituales de entender la identidad de una persona con respecto a la orientación sexual no dan respuesta a este otro orden que parece totalmente opuesto a lo normativo en materia sexual. En este caso la identidad necesita de nuevos elementos que permitan entenderla de una forma más compleja para acoger nuevas variaciones en su construcción en cuanto a las manifestaciones y vivencias sexuales.

Para hablar de identidad se retoma, entre otros, el concepto trabajado por Peter Wade (Serje y otros, 2002) quien la entiende como “la idea y la sensación de seguir siendo lo mismo a través del tiempo”. Para dicho autor, “en el mundo postmoderno los seres construyen identidades efímeras con los retazos culturales que encuentran en sus andares”. En el diccionario de uso del español de Moliner (1983) identidad es “la cualidad de idéntico, la relación entre cosas idénticas y la circunstancia de ser efectivamente la persona que se dice ser”. En el Diccionario ideológico Vox es el “hecho de ser una persona o cosa la misma que se supone o se busca” (1998).

Las ideas expuestas por Moliner y en el diccionario Vox conducen a la posibilidad de la movilidad. Para Moliner se expresa dicha movilidad en el énfasis en “la circunstancia de ser lo que se dice ser”. El concepto circunstancia hace referencia a un “accidente de tiempo, lugar, modo, etc., que está unido a la sustancia de algún hecho o dicho”; accidente no es algo permanente sino algo que sucede ocasionalmente. Tanto en Moliner como en Vox, “lo que se dice ser” y “lo que se busca” pueden relacionarse directamente con lo “efímero” de la identidad expuesto por Wade.

Recalcando el concepto de movilidad, la idea de que se construye en la cultura y enfatizando algunos principios de los paradigmas propuestos para el análisis, identidad sería entonces: la idea y la sensación móviles que tiene el ser humano, en una sociedad y tiempo concretos, de ser lo que busca ser con relación a la cultura, a otros seres en su entorno y consigo mismo, y de seguir siéndolo en el transcurso del tiempo. Esto implicaría que la identidad es un acto consciente por un lado y que se establece como necesidad para la socialización. Pero que a través de la educación se provee de un modelo de esta que hace posible la perpetuación de la cultura.

La identidad se explicó durante mucho tiempo desde su concepción clásica es decir como un algo inmutable, eterno y atemporal, en las que identidad y ser son lo mismo, por provenir dicha aproximación teórica de consideraciones matemáticas (A igual A). A continuación explicaré el aspecto de movilidad de la identidad desde el modelo sistémico.

Esto implica que desde las epistemologías convencionales o positivistas se vea el mundo de una manera lineal y se asuma la identidad aferrada a una voluntad lógica y lineal, lo cual se encuentra lejos de ser. Hoy se sabe que las trayectorias que parecen tan reales son idealizaciones: el mundo reversible es sólo un caso particular de la realidad. En un mundo determinista, la irreversibilidad no tendría sentido, ya que el mundo de mañana estaría ya contenido en el mundo de hoy. Con la termodinámica, surge el desafío a la física clásica; la segunda ley hace la clara diferencia entre procesos reversibles e irreversibles.

No se pretende con esta explicación un modelo de la identidad basado en la física sino explicar basado en los aporte de la física al modelo sistémico como desde este ultimo se puede explicar la construcción de la identidad.

El ser humano es un sistema abierto, y todo sistema se experiencia en un continuo recibir, transformar y dar energía. Toda persona está en permanente movimiento y por tanto en constante cambio; lo que nos lleva a aceptar que como persona no se es un ser terminado sino en permanente desarrollo: un ser dinámico, un(a) ser que está siendo en cada momento. Se está siendo en el encuentro con el otro o la otra, en una cultura y sociedad, cada uno se experiencia en el cotidiano, en cada tiempo y espacio, a partir de las vinculaciones que establece en razón de ser ecosistémicos.

En ese constante estar siendo hay algo en el ser que es esencial: lo que ha vivido, se es histórico. Cada situación que se experiencia en el encuentro tiene como fuente lo vivido y lo trascendido. Aun cuando en esencia se está siendo el mismo se han generado una serie de cambios que transforman la identidad; todo cambio es viable a partir de los aprendizajes, experiencias y emociones vivenciados previamente por tal razón la identidad es evolutiva. Si las reflexiones que la persona se hace están directamente relacionadas con su experienciación de estar siendo travesti necesariamente como lo es ahora no lo fue desde siempre sino que se ha venido siendo en dicha identidad de manera dinámica.

No se tiene una identidad como algo construido y terminado, se está siendo y haciendo una identidad de manera dinámica en relación consigo mismo, con los demás y con la cultura a partir de cómo la persona se experiencia a sí misma y con relación a las demás, explica dicha situación y se emociona con ella.

Una de las propiedades de los sistemas vivos es su contextualidad. Para la comprensión del sistema se debe pasar de entender sus elementos de manera simplificada, aislados y desligados unos de otros, para percibirlos como productos, productores y transformadores de los contextos en los cuales están inmersos, razón por la cual también lo son de la cultura. Los sistemas no pueden ser comprendidos por un método que aísle, desligue, simplifique, unicausalice, por cuanto existen en una compleja trama de interrelaciones que los determinan. En el caso de los sistemas vivos estos lo son gracias a esas relaciones con el medio, a lo que se ha denominado acoplamiento estructural con el medio.

Al intentar comprender la identidad esta debe ser entendida en su contexto y quien desea comprenderla debe reconocer que igualmente está influenciado por su propio contexto y por aquello que está en capacidad de observar o distinguir.

En tal sentido Peter Wade considera que las identidades se establecen por medio de repetidos actos de representación, es decir de identificación y que las diferencias que construyen la identidad tienen que ser marcadas, observadas e indicadas por unos sujetos en la vida cotidiana, en tal sentido la identidad es algo que se vuelve a establecer o a reforzar con cada identificación (Serje y otros, 2002).

La cultura y la sociedad fabrican las ideas de aquello que la persona “debe ser” para alcanzar el orden social y desde ese patrón de oposición binaria toman forma en las personas las prácticas, ideas, discursos y representaciones sociales por las que son reconocidas o estigmatizadas. En la aproximación contextual el sujeto debe pensarse a sí mismo a partir de la mirada externa (Agier, 2000). El sujeto construye desde lo particular, para sí y a partir de lo que le han dicho o ha entendido que “debe ser”, una identidad que puede entenderse como aquello que “quiere ser”. Este querer ser siempre tendrá como referente el “deber ser” ya sea para aceptarlo o negarlo en parte o totalmente.

Velandia (1999) plantea que “el proceso de construcción del "querer ser" implica una ruptura entendida como una toma de posición frente al "deber ser", el prefiere no llamar a este hecho proceso de identificación sino proceso de identicación. Nominándolo así, porque cada persona lo construye teniendo como referente sus propias vivencias y sentimientos, es decir, a partir de la conciencia de su “querer ser”, de lo que considera que quiere, desea y necesita para si. Identicarse significa que en las experiencias y las vivencias del "querer ser", la persona se reafirma hasta el momento en que logra identificarse con su deseo; en ese momento estaría identicado con su "querer ser". El "querer ser" prima sobre el "deber ser" en la medida en que reafirma el desarrollo de la estructura de identidad sexual”.

Los seres humanos en su proceso individual de "querer ser" pueden reelaborar el deseo y redireccionarlo. Incluso, una vez han llegado a la identicación de un deseo, pueden pensar en el reconocimiento de otro deseo e iniciar un nuevo proceso. Por ejemplo, algunas personas en la comunidad consideran que algunas prácticas no son adecuadas o pueden ser antinaturales o anormales, pero cada persona valora y describe para sí su expresión; para ello acepta o niega dicha valoración de acuerdo a lo que ha decidido que quiere para sí.

Las personas son reconocidas en una identidad que es construida y reconocida desde fuera: su identidad social. Su identidad particular está relacionada con su “deber ser”, pero en sus procesos de socialización no viven dicho “debe ser” como tampoco su “querer ser” dado que las representaciones sociales y culturales y su cruce de miradas (familiares, escolares, eclesiales) afectan su propia construcción subjetiva.

Como respuesta a aquello que ya hemos denominado acoplamiento estructural con el medio, en sus interrelaciones es traicionado, por efecto de la presión social, aquello que “quieren ser” y se ven obligadas a “estar siendo” asumiendo como identidad y vivencia una mezcla entre aquello que “se espera que sean” y lo que ellas mismas “desean ser”. El “estar siendo” es el producto de las relaciones simbólicas entre el “deber ser” y el “querer ser” o más concretamente entre la cultura y la sociedad y lo que la persona identifica de sí misma. O sea que la identidad es el efecto de la representación particular del mundo y el sí mismo, lo individual.

Género y contextualidad

Según Velandia (1999), la sociedad, y al interior de ella los propios hombres homosexuales, han discriminado a quienes no asumen el patrón de macho. A éstos se les ha estereotipado y se les ha llamado «locas». Son entendidos como «caricaturas» en la oposición entre lo masculino y lo femenino, como la negación del ser macho. Se tiende a creer que la «loca» asume como sus formas de producción e interacción las consideradas propias de la mujer. También se les ha llamado «maricas», originalmente, diminutivo de María. Entonces, ser «marica» es ser «mujer», o por lo menos ser contemplado socialmente como tal.

Los hombres homosexuales, o por lo menos una inmensa mayoría de éstos, hacen una doble lectura de su ser. Por un lado juegan a «ser machos», por otro, niegan en los otros hombres homosexuales la posibilidad de ser algo distinto al macho. El lenguaje discriminatorio y excluyente no es propio del heterosexual macho; lo es también del hombre homosexual, quien ante el temor de “no ser tan macho” prefiere marcar la diferencia con aquellos que hacen parte de su propio ghetto (con aquéllos que asumen un lenguaje propio no machificado e identificado como de «loca» y «marica»).

En general los hombres homosexuales catalogan como «plumas» aquellos amaneramientos considerados femeninos que asumen sus congéneres y que se niegan a aceptar que poseen por sí mismos.

En ellos la lógica del género se construye inicialmente desde el “deber ser” por asignación sexual de los padres y madres quienes lo hacen desde la lógica binaria a partir de la diferencia anatómica y la diferencia sexual en la que se organiza la sociedad, siendo su identidad asignada la masculina.

Para los homosexuales y las lesbianas el contexto es determinante. Para la investigación realizada por Velandia y citada en el libro “Y si el cuerpo grita… (dejémonos de maricadas,1999) se definió la pluma como el salirse del margen de los comportamientos esperados, ya sea acentuando o negando los arquetipo del “deber ser” para lo masculino y lo femenino. En dicha investigación el 47% de los homosexuales y el 49% de las lesbianas consideran que tienen plumas. Los hombres opinan en mayor proporción (30%) que las mujeres (9%), que las plumas se adquieren al entrar al mundo gay; un 22% en ellos y un 24% de ellas consideran que es innata. El 40% de los hombres cree que son innatas pero se desarrollan en el ghetto gay. Un 43% de las lesbianas tiene la misma opinión.

De los hombres homosexuales, el 48% reconoce que tienen plumas femeninas. El 18% de ellas considera que tiene plumas masculinas; Las mujeres (61%) en mayor proporción que los hombres (42%) creen que sus plumas son tanto másculinas como femeninas. Ello se debe a que el temor a ser señalados como homosexuales o lesbianas los obliga a exagerar actitudes propias de su género. Esta negación los lleva a separarse de esos «otros» a los que ven plumosos, quienes a su vez observan lo mismo de ellos. Bien podría concluirse que si lo que convierte en “loca” o «macha» a alguien es asumir dichos amaneramientos, todos los homosexuales son «locas» y las lesbianas «machas», ya que el amaneramiento no es necesariamente homosexual o lésbico, pero sí bastante evidente en muchos de ellos.

Quien teme no ser macho también ha de negarse aquello que pueda significar no serlo, de ahí el temor a comunicarse desde la ternura o a aceptar que se disfruta siendo penetrado, siendo “débil”. Ser penetrado es una cualidad propia «del sexo débil». Porque quien penetra de alguna manera parece conservar la penetración, ese algo de la esencia socializada del «ser macho», o más correctamente, del “ser hombre”. Ya que ser homosexual socialmente es asumido como negarse a ser hombre, quien penetra cree permanecer en el juego social del macho.

La movilidad de la identidad también se la da su condición situacional. Según Velandia (1999), algunos homosexuales y lesbianas frecuentan algunos espacios de socialización (cines, videos, bares, saunas, baños en centros comerciales, parques, apartamentos) aun cuando consideran que previamente se construyen en lo que se ha denominado ghetto de apartamento, lugares que por sus propias condiciones de oscuridad, clandestinidad o aislamiento, posibilitan acercamientos de tipo erótico, o que por sus posibilidades de intercambio social posibilitan la asunción de los afectos, elementos que hacen parte del proceso de construcción de la identidad de orientación sexual.

Para Mitchell, citado por Agier, el granero cultural se construye y utiliza según las selecciones situacionales, lo que puede hacer que sus componentes se vuelvan diversos y contradictorios. La identidad remite a una situación espacial (aquí) y temporal (ahora) y a lo que sucede en la persona y en su relación con las demás. La representación puede contemplarse desde dos ámbitos diferentes: el social y consigo mismo. La vivencia personal de la temporalidad y espacialidad determinan una forma particular de asumir el mundo a la cual llamaríamos identidad (haciendo énfasis en la función histórica del constructo).

Los sistemas sociales no se producen en el vacío, aislados completamente de otros fenómenos, por el contrario, tienen un entorno, es decir, están rodeados por otros fenómenos sociales y culturales que igualmente están sucediendo en otros seres y que usualmente incluyen a otros más con quienes se están relacionando.

Para velandia (1999), Todas las personas pasan por unas etapas en el proceso de la construcción de la identidad sexual, siendo este un proceso continuo y evolutivo en el que cada paso genera el posterior.

En esta construcción, tanto hombres como mujeres tiene deseos, acercamientos e incluso contactos afectivos, eróticos, y genitales. Estos se pueden presentar con personas de cualquiera de los dos sexos, sin que ello determine en las personas una orientación sexual específica, pero si es un elemento que puede apoyar la decisión hacia una orientación sexual. Esta situación puede crear conflicto en las personas cuando consideran que cualquier deseo y acercamiento a otras del mismo sexo es un acto que los determina como homosexuales o lesbianas. Quienes asumen orientaciones sexuales consideradas al margen, usualmente hacen más consciente este proceso; sin embargo, algunas personas con determinadas orientaciones sexuales diferentes a la más aceptada socialmente -la heterosexual- pueden negarse consiente o inconscientemente a culminar dicho proceso.

En el argot de la población homosexual se han identificado dos pasos en el proceso de construcción de la identidad de orientación sexual homosexual y lésbica, al primero de ellos se ha llamado “estar en el closet”; al segundo se le ha denominado “salir del closet”. Esta salida puede producirse por el “outing” (que otros hagan pública la orientación sexual, utilizando para ello medios masivos de comunicación).

Velandia (1999) ha definido cuatro etapas por las que atraviesan todas las personas en el proceso de identicación de su orientación sexual: coming in, coming out, establish itself y Self made. Éstas, aun cuando se presentan la una a continuación de otra, se manifiestan en tiempos diferentes en cada persona, y generalmente se superponen los momentos finales de una etapa del proceso con los momentos iniciales de la siguiente etapa del mismo.

El mundo es relacional y los sistemas (seres humanos) que lo componen tienen identidad en virtud del tipo de relaciones que establecen y en las cuales están inmersos, y de las propias e inherentes particularidades que nos permiten distinguirlos de los demás y que los determinan como tales.

Las demás personas que parecen no hacer parte del proceso de relación interpersonal o grupal, igualmente participan jugando un papel activo no solo porque hacen parte del entorno en el que se realiza el encuentro, sino porque además sus construcciones subjetivas -que se construyen en el aportar y recibir emociones, conocimientos y experiencias- de las misma manera generan otras emergencias o representaciones identitarias. Existen dos sistemas de representaciones, las sociales (lenguaje y significado oficial) y las individuales (significancia que tiene para cada persona ya sea quien identifica al otro o quien se identifica a sí misma).

La situación y el entorno en el que las personas se interrelacionan tienen una serie de características que influyen en el tipo de construcciones identitarias que entre todas y cada una producen. Sin embargo debe evidenciarse que el ser humano a diferencia de los otros seres vivos además de actuar en congruencia con el medio y la sociedad (al contexto), y a partir de sus representaciones (lo situacional), debe actuar en congruencia consigo misma.

Velandia explica que buscando espacios que le posibiliten explicitar la orientación sexual, la persona intenta comentar su situación con quienes cree tener seguridad suficiente y siente que puede fiarse. Dependiendo del grado de confianza que tenga con los amigos del colegio, del vecindario, de la universidad o del trabajo, el proceso se da hacia estas personas, encontrando tres tipos de respuesta principalmente; la de censura, la de aceptación y la de “compasión”. El grupo de personas que rodean a la persona, generalmente compuesto por heterosexuales, asume con sorpresa y curiosidad la declaración. Este “desahogarse” proporciona una ayuda al autoestima en la medida en que la persona no se siente aislada del mundo, pero no plantea soluciones reales a sus necesidades afectivas-eróticas, lo cual aun cuando lo tranquiliza lo lleva a buscar espacios donde éstas puedan ser satisfechas, o por lo menos intenta saciar de alguna manera su curiosidad.

Todo conocimiento es una representación de la realidad, de ahí que la epistemología constructivista plantea que el conocimiento se hace posible al percibir, distinguir y significar observaciones, teorías, vivencias, haceres, cuyos resultados constituyen las bases para la emergencia de otras nuevas percepciones, distinciones y significaciones.

Para el ser humano, el acto de conocer implica un juego en el que se suceden estos tres momentos que son interrelacionados, interafectados e interdependientes; es decir, la cognición opera en tres dimensiones: la persona conoce algo en la medida que lo distingue como algo, lo percibe como algo y lo significa para algo.

Cada persona, por su historia particular, ha venido configurando un sistema cognitivo que lo lleva a percibir, distinguir y significar de manera distinta y única, de ahí su necesidad de actuar en congruencia consigo misma respondiendo desde esa realidad que ha construido para sí. Aunque aparentemente quienes conversan se encuentran en un cierto contexto relacional, dicho contexto y lo que ocurre en cada uno de los interlocutoræs tiene un fondo particular e invisible de intenciones, inquietudes, intereses, emociones, significados y sentidos, de tal manera que la danza que es la conversación es una danza de icebergs: lo que ocurre en la estructura de cada bailarín(a) está oculto a su pareja de baile. Cada uno(a) está percibiendo del(a) otro, el medio en que se encuentra y de sí mismo lo que sus perceptores le permiten.

Otra alternativa es dirigirse a personas en quienes ha observado comportamientos que identifica como manifestaciones de alguien que tiene su misma orientación sexual. En ellas suele encontrar cierta apertura, pero generalmente son un camino más directo a los ghettos, lugares en los que generalmente es difícil encontrar personas con la sensibilidad y el tacto que implica apoyar a alguien que siente que lo que esta pasando en su vida es realmente difícil.

El Coming Out generalmente se logra tan solo hacia grupos pequeños de personas, primordialmente de la misma orientación sexual y en lugares públicos exclusivos o de uso mayoritario para estas personas. Estos grupos no generan comunidad como tal y su sentido político de la sexualidad en muy bajo, razón por la que no suelen ser fuente de procesos sociales o la motivación a una participación política más activa en la lucha por sus derechos civiles.

El coming out induce a una doble experiencia de vida: la del ghetto (bar, sauna, video, apartamento) y de los espacios íntimos (familia, escuela, trabajo). En el ghetto la persona se reconoce a sí misma homosexual o lesbiana, en este espacio encuentra “amigos”, gente con quien hablar, o simplemente personas a quienes observar desenvolviéndose con “naturalidad” con otros de su misma orientación sexual. Quienes recién acceden a estos lugares suelen tener aun mucho temor de ser identificados ingresando a ellos, inclusive ser reconocidos por otras personas, así ellas frecuenten esos mismos lugares. Para ellos es evidente que su identidad se construye dentro, desde y en la competencia al interior del ghetto; en la medida en que están inmersas en él manifiestan un rompimiento cada vez mayor con el “deber ser” socializado.

El ser humano percibe tan solo aquello para lo que está en posibilidad de hacer distinciones. Percibimos con nuestros sentidos, al igual que los otros seres vivos, pero distinguimos a partir de nuestros sistemas de percepciones teóricos, experienciales y emocionales. Los homosexuales perciben desde lo que están preparados para conocer.

Actuar en congruencia con el medio, consigo mismo y con la sociedad no se hace mediado únicamente por procesos lógicos racionales sino también desde lógicas construidas de acuerdo con las historias emocionales.

La necesidad de actuar en congruencia consigo mismos confronta a los homosexuales entre su “querer ser” y su “deber ser” hasta el punto en que muchas veces en la construcción de su identidad, en los procesos de socialización, se ven obligados a “estar siendo” en una experiencia heterosexual. Este tránsito es generalmente una ilusión particular: por ejemplo, para quienes se relacionan con ellos a pesar de dicho transito siguen viéndolos como homosexuales en crisis y para quienes los conocieron antes del transito de lo homosexual a lo heterosexual, siempre seguirán siendo homosexuales.

Disponerse emocionalmente para conocer es posible desde el significado que le damos a éste y al actuar. Lo que el ser está valorando como significativo, lo significa porque lo valora, ya sea como útil o indiferente, y desde esta valoración se pone en disposición para conocer y para actuar. Para los homosexuales que reasumen masculinos, así otros no los vean como tales es difícil separar la ilusión de su percepción.

La identidad es ilusión porque si comprendemos que la realidad se construye desde una ontología y sabemos que esta no necesariamente tiene que ser objetiva sino que puede ser constitutiva, entonces comprendemos también que el criterio de validez de la realidad del otro o la otra se da a partir de la efectividad que pueda tener para el observador(a) y de las condiciones en que ve o escucha.

La ilusión particular conlleva el deseo de ser frente al otro o la otra, de que la mirada del(a) otro coincida con lo que yo quiero mostrar; y es así, como en la descripción de lo que le sucede, la persona junta el explicar con su experiencia de lo que quiere explicar. La identidad es ilusoria igualmente porque parte de recibir desde el otro un nombre, una imagen que aseguran que se instaure una voluntad y una idea de unidad sin la cual no se puede sostener.

Los homosexuales en su proceso de coming in suelen creer que los demás no logran darse cuenta de su homosexualidad y se les hace imposible creer que los perciban homosexuales, igualmente sucede cuando ellos consideran no tener “plumas” pues esperan ser reconocidos masculinos.

La identidad se posibilita en la construcción de acuerdos o más concretamente en la posibilidad de aceptar diferentes realidades y validar las diferentes explicaciones.

Para los homosexuales que deciden romper con el bloque familiar y construir una relación de pareja en la que se comparte el espacio vital esto es de gran importancia en la reafirmación de su identidad y a pesar de los comentarios que esto causa o del rompimiento emocional y espacial que se genera continúan incrementando poco a poco y en algunos casos de manera permanente dichos cambios. Desde los dominios explicativos de los padres y familiares las explicaciones suelen ser diversas. Algunos de ellos afirman que sus familias prefieren ignorar la situación y no visitarlos o considerar que su hijo “ha muerto”, a otros los reconocen en la misma categoría que a las parejas de sus hermanas y hermanos heterosexuales, para otras la familia se “aguanta” porque ve en ellas una fuente de ingresos y prefieren “hacerse los de la vista gorda”, algunas más reciben tal presión social que se ven obligadas a comprometerse con sus familiares adultos a asumir cambios en los roles e inclusive a retornar al hogar como una estrategia para no romper el vinculo familiar.

Desde el enfoque sistémico se entiende tanto al ser humano y a la sociedad como sistemas y las identidades como emergencias sistémicas. Dadas las propiedades de los sistemas vivos (Velandia, 2003) se puede concluir que los enfoques contextual y situacional son complementarios y además interrelacionados, interafectados e interdependientes, pero además que en la construcción de la identidad, como ya lo hemos visto, juega un papel fundamental el encuentro consigo mismo ya que desde él se construyen las representaciones y se valida el contexto.

Para Marta Lamas (1996), la lucha por redefinir una nueva legitimidad sexual, en la que participan activistas gay, lesbianas y feministas, tiene que difundir una explicación sobre la homofobia. Para ella no basta con denunciar los discursos que imponen significados negativos a las identidades homosexuales; para enfrentar la homofobia hay que mostrar la genealogía de los arreglos sexuales vigentes y entender cómo opera el sexismo que regula socialmente la vida sexual. Hay que saber que la libido es idéntica en hombres y mujeres y que es la cultura --y no la "naturaleza"-- la que impone restricciones a las exigencias pulsionales.

La heterosexualidad tiene hegemonía cultural porque, por el peso simbólico de la reproducción, la ideología dominante católica la ha hecho aparecer como la opción "natural", como el mandato de Dios. Pero eso no la hace ni más natural ni menos antinatural que las otras sexualidades. Tratar de comprender la construcción de las identidades desde los procesos que explican, vivencian y emocionan las travestis es una forma de darse cuenta que existen sectores aun más estigmatizados incluso por las feministas, lesbianas, bisexuales y homosexuales, como también una manera de evidenciar que las construcciones teóricas parecen aproximarse más a la comprensión de aquellos que parecen menos anormales.

No puede negarse que los homosexuales y lesbianas en Colombia han logrado ciertos derechos, desde 1991, a partir de la nueva Constitución y desde la Corte Constitucional se han emitido sentencias y/o conceptos de algunos magistrados a favor de la Igualdad de Derechos para todas las personas: Heterosexuales, homosexuales, lesbianas y bisexuales. Así mismo se han proferido fallos de tutela sobre las relaciones entre homosexuales y entre lesbianas.

En Diciembre de 1993 la Corte Constitucional autorizó a un hombre a cambiar su nombre masculino por otro femenino que correspondía a su identidad personal. En Julio de 1993, la Corte dijo que la homosexualidad no es un impedimento para servir a la Patria y que “la sanción de una persona por razones provenientes de su homosexualidad no puede estar basada en juicio de tipo moral, y mucho menos puede ser motivo de exclusión de una institución”.

En Marzo de 1996, se protegió el Derecho a la Libre Opción Sexual. En Abril de 1996 se protegió la libre identidad sexual y dijo que la conducta y el comportamiento homosexuales tienen el carácter de orientaciones válidas y legítimas de las personas.

En Marzo de 1998 se tuteló el derecho a la educación. En Septiembre de 1998 se debatió e impugnó el Estatuto Docente que en su Art. 46 contemplaba que la homosexualidad constituye mala conducta o ineficiencia profesional. En 1998 se realizó en una notaria de Bogotá el primer “matrimonio homosexual” celebrado en el país, registrado mediante Escritura Pública. O más correctamente la oficialización de un convenio económico en el que consta que la sociedad la constituyen dos personas explícitamente homosexuales.

En Julio de 1999 la Corte Constitucional dijo sí a lo homosexuales en las fuerzas militares, advirtiendo que pueden revelar su condición sexual pero que están sometidos a las mismas normas de conducta que los heterosexuales.

La comprensión de la construcción de las identidades sexuales es una manera de aproximarnos a la comprensión de un mundo en el que las diversidades en razón de las unicidades deben ser reconocidas, valoradas y respetadas como la experiencia valida que determina como persona sujeto de derechos a cada uno de nuestros conciudadanos.

Dicha comprensión, para los y las heterosexuales, debe pasar por entender, asumir y valorar la historia de la sexualidades y en su interior, por ejemplo que: la heterosexualidad es un invento reciente e incluso posterior a la homosexualidad; los homosexuales y lesbianas tienen derechos civiles, tal y como lo han reconocido recientemente un buen numero de países; y que los derechos humanos son también derechos sexuales.

De igual manera los sujetos miembros de las minorías sexuales deben reconocer-se sujetos de derechos y en tal sentido exigirlos y vivirlos, autorizarse a construir comunidad y darse cuenta de que los demás por ser únicos explican, vivencian y se emocionan de una manera particular que en general no se vivencian en contra del otro sino como un ejercicio constructivo de su propia identidad, una identidad que no es sino que esta siendo como también lo esta siendo el sujeto que se construye a si mismo. La comunidad homosexual debe evidenciar que son muchos más sus puntos de contacto que de diferencia con otros sectores sociales igualmente discriminados como las mujeres, las etnias o los y las jóvenes.

Bibliografía

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3 http://www.manuelvelandia.com/Comunicacion/laepistemologiaholistasistemica.htm
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12 Morales, Patrick. Comunidad, en Palabras para desarmar. Serge de la Ossa, Margarita Rosa; Suárez Vargas, Maria Cristina; Pineda Camacho, Roberto (editores); (2002). Ministerio de Cultura, Instituto Colombiano de Antropología e Historia. Bogotá. Pág. 65-73.
13 Partido Liberal Colombiano (2003). Resolución Nº 724 de 2003. Bogotá.
14 Partido Liberal Colombiano (2003). Nuevos estatutos, plataforma ideológica y código disciplinario. Bogotá.

[1] Los fundadores del Movimiento Homosexual Colombiano son León Zuleta en Medellín y Manuel Velandia en Bogotá, en 1976.
[2] Nuevos estatutos, plataforma ideológica y código disciplinario. Partido Liberal Colombiano. 2003
[3] Convocatoria y reglamentación al Primer Congreso del partido Liberal Colombiano. Artículo 2º. Bogotá, 2003
[4] Convocatoria y reglamentación al Primer Congreso del partido Liberal Colombiano. Artículo 2º. Bogotá, 2003