miércoles, 1 de junio de 2011

MANUEL, UN SOBREVIVIENTE



Lunes 8 Enero 1996 Edición 710 
Bogotá, Revista Semana.

A tiempo con el día internacional de lucha contra esa enfermedad, la Editorial Temas de Hoy lanzó el libro 'Peregrinos del sida', del periodista Luis Cañón, un recuento de episodios dramáticos de la incidencia...

 "El ramo de 76 rosas rojas, unas mustias, otras lozanas, otras apenas en flor, cayó súbitamente de la mesa de madera tallada al piso del pequeño apartamento, donde Manuel Velandia convive con una gama de pinturas de ventanales misteriosos que no cuentan lo que se esconde detrás de ellos, con pájaros y pescados de vidrio azul cobalto y con una montaña de libros y revistas, folletos y volantes, afiches plegables que hablan del sida: la enfermedad de la noche del amor. 
El apretado florero se rompió y las rosas se esparcieron por el suelo, dejando allí su aroma adolorido. Manuel se arrodilló y las rejuntó. Pensó un instante y en seguida, con algo de rabia, las tiró en un rincón. Fue como un intento vano por desprenderse de una parte de él mismo, por dejar olvidados a la vera del camino afectos y memorias. Pero no, los pétalos endurecidos, de un amarillo luctuoso, siguen allí, recordándole a esos 76 amigos suyos que la furia del VIH se había llevado hasta entonces: junio de 1993. (...)

Todavía no asoma a su rostro medio oculto tras dos gruesos lentes verdes, ni a su voz gruesa que se hace cálida y amable cada vez que responde al teléfono el llamado de personas que buscan orientación y, sobre todo, apoyo. Una rama de dónde agarrarse en medio de esos vendavales interiores que lo sacuden cuando se encuentran, en la realidad o en la imaginación, con el sida.


-Apoyemos, buenas tardes- dice él.
-Señor, tengo una gran angustia. Creo que tengo sida. Tengo fiebre y diarrea y sudo mucho y yo leí que así es el sida. Tengo miedo, mucho miedo.
-Tranquilo, por favor. ¿Cuánto hace que tiene la diarrea?
-Hace como una semana.
-La diarrea da por mil causas y tendría que llevar más de dos meses para creer que es de verdad un síntoma.
-Pero me siento mal, muy solo y afanado. Voy tres y cuatro veces al baño en el día.
-Usted cuenta con nosotros y mire: una diarrea de un seropositivo es hasta de ocho deposiciones diarias.
-Yo creo que me infectaron.
-Habría que ver si es que comió algo que le cayó mal o si es que tiene relaciones sexuales sin los cuidados necesarios, que le puedan generar ese temor.
-Sí, yo tuve una relación hace como un mes y creo que tengo sida.
-Pero el sida puede tardar hasta 10 ó 15 años para aparecer... y la prueba para ver si hay infección se debe hacer tres meses después de la relación.
-¿Verdad?
-Sí, claro.
-Gracias, es que tengo miedo, no sé si debo hacer el examen.
-Puede ser. Habría que pensar en...
-Mire, yo lo vuelvo a llamar.
-Por favor, si quiere seguimos hablando, si quiere hablamos en forma personal. Cuenta con nosotros.
-Gracias, lo vuelvo a llamar.
-Déjeme su número de teléfono.
-Sí, es el 267...


Esas llamadas de personas ansiosas, atrapadas por el pánico y la paranoia, de parientes angustiados, de hijos confundidos por la suerte de sus padres, se repiten a diario a través del viejo teléfono negro que acompaña a Manuel desde hace varios años.
Pequeño y robusto, dueño de un ego que revolotea, Manuel es consciente de que su carácter lo formó en el yunque de quien se atrevió a decirle a la sociedad que sentía distinto. Hace rato ya que lidera la causa de los gays en Colombia. Pelea por reivindicar el derecho a una opción sexual diferente, combate la discriminación contra las minorías sexuales, pone la cara y trabaja en la pedagogía del VIH y el sida, aquí y allá. (...)


Manuel, explorando caminos, tuvo en la universidad su primera relación homosexual. Lo comentó con dos compañeras de clase, mientras guardaba silencio en su casa. Poco a poco descubría la atracción que ejercían sobre él las personas de su mismo sexo. La familia miraba su comportamiento con relativo respeto, tal vez con excepción de una hermana que, alarmada, le ofreció tratamiento de especialistas, hospitalización, ayuda sicológica, lo que fuera. Pero él tomó distancia y se reafirmó en lo que quería. (...)


Hacia 1979 le escribió a León Zuleta, un gay de Medellín que trabajaba duro contra las murallas sociales. Hablaba de una organización gay en Colombia, que sólo existía en su imaginación. Se cruzaron cartas con Manuel, hubo identidad de propósitos y se juntaron en una primera reunión en Bogotá, a la que asistieron 35 homosexuales más.
Palabras, discursos, elocuencia, verbo hubo al por mayor y en esos terrenos Manuel se mueve bien.


Desde entonces, sus críticos hablan de su ego desmesurado, de su afán de figuración, de su carreta. Dicen que no vive para sus causas, sino que vive de sus causas. Él se defiende. En toda tarea quijotesca, piensa, no sólo hay que trabajar con las uñas, sino con la incomprensión. De los de adentro que cuestionan y ponen trabas y de los de afuera que quieren aplanar con el rodillo de la tradición toda diferencia.

En el camino, de manera adventicia, una mañana cualquiera de junio de 1984 se encontró con Marleny. (...) "Primer caso de sida en Colombia. Muere prostituta en Cartagena. Hace tres días falleció en el Hospital Universitario de esta capital Marleny N., una joven prostituta que murió víctima del sida, tras...".


La noticia lo atrajo porque él venía trabajando en el frente de la prevención de enfermedades venéreas entre homosexuales: sífilis, gonorrea, herpes genital y otras. A través de la múltiple correspondencia que mantenía con grupos gays de Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Holanda y otros países desarrollados, había recibido alguna información sobre la epidemia que azotaba a los homosexuales en América del Norte y Europa, que golpeaba a personas con historias nutridas de venéreas. "Ya está en Colombia ese virus, pero qué extraño que sea una mujer", pensó. (...)


Hombre acelerado y académico, fue a donde un buen amigo y le pidió que le prestara el bar para dictar una conferencia sobre la epidemia del sida , que ya llegaba a Colombia. Le explicó que el blanco favorito de esa enfermedad eran los homosexuales, le comentó que crecía la alarma por ese problema en Estados Unidos y que la inminente celebración del Día Mundial de los Gays ofrecía un entorno ideal. Recibió la aprobación necesaria y, ya en su casa tomó úna hoja tamaño oficio y repitió en ocho cuadrados, trazados con lápiz y escritos a mano el mismo texto:
"Invitación. Tema: conferencia sobre el sida. Conferencista: Manuel Velandia. Hora: 3 PM Lugar: bar Amigos Fecha: 28 de junio, Día Mundial de los Gays". Sacó 15 copias de la hoja, cortó los cuadrículos y se dedicó a repartir las 120 invitaciones entre la población homosexual masculina de la ciudad.


La que sería la primera conferencia pública sobre el sida en Colombia estaba en marcha. Sólo que de una manera subrepticia, con una escasa docena de asistentes, en un sencillo bar. En Estados Unidos, en cambio, el asunto ya era un problema sanitario de marca mayor: el CDC de Atlanta, el Instituto Nacional del Cáncer y decenas de organismos federales le metían mano y recursos. Cinco mil muertos confirmaban la epidemia que se desataba, los homosexuales pedían a gritos alguna droga milagrosa, los hábitos sexuales empezaban a cambiar y la ciencia recibía una dura lección. (...)


"Pero era muy contradictoria la cosa. Yo hablaba de una enfermedad que atacaba a los homosexuales y citaba el hecho de que ya una mujer había muerto en Colombia. La gente me cuestionaba por eso. En esa primera reunión se decidió que el tema no era importante, que era un tema problema sobre todo para los norteamericanos y no para nosotros, que a nosotros no nos iba a afectar. Yo les decía que muchos teníamos relaciones con extranjeros, que otros viajaban a vacaciones a San Francisco, Nueva York, Los Ángeles, Miami, y que allá se podían contagiar. Les recordé que el ambiente gay allá era muy permisivo, que no había ni siquiera que entablar un diálogo para tener una relación. Pero no logré despertar mayores inquietudes". (...)


Hasta que un buen día la enfermedad se le apareció en carne y hueso. Un hombre antioqueño, de unos 38 años de edad, venía de Nueva York a morir en Colombia, junto a sus familiares. Se llamaba Rodolfo, era gay y había vivido durante 15 años en Estados Unidos. A través de una asociación de homosexuales, le escribió a Manuel pidiendo ayuda y compañía.


"A pesar de estar tan enfermo, porque él vino con el virus desarrollado, era muy atractivo. Era un hombre especial, alto, blanco, muy tierno. Su familia en Colombia era muy adinerada y prestante. El principal temor que él tenía era que ellos fueran a saber que era gay o que fueran a saber que tenía sida, porque iban a sospechar de su homosexualidad. No buscó consulta médica. Ya había escrito a su familia que tenía un cáncer terminal y que sólo quería venir a morir acá, y que no aceptaba tratamiento alguno porque ya estaba desahuciado. Su familia respetó esa decisión".

La experiencia fue muy difícil. Una cosa era hablar del sida a partir de folletos y otra muy distinta ver a ese hombre enfermo, atrapado por la muerte. Manuel no recibía ni jugo, ni café, ni agua siquiera, cada vez que lo visitaba. "Gracias, pero acabé de almorzar". "Antes de venirme tomé onces", eran sus disculpas más corrientes. "La contradicción era tenaz, yo no recibía nada por temor al contagio. Pensaba a la vez que alguien de la familia podría resultar infectado y no les decía nada porque ese era mi compromiso con él. Entonces me sentía mal cada vez que iba allí".


(...) Manuel, sentado en una silla china , contemplaba el rostro deteriorado de su anfitrión. El cabello se le caía a montones, los huesos cada vez se le marcaban más en los pómulos, en la frente, en la quijada. Entonces lo veía como una posibilidad estética. Siempre había querido pintar un cadáver y por momentos esa era la imagen que veía al frente. Pero reaccionaba confundido para intentar, sin mucho éxito, reanimar a su extraño interlocutor. 



El hombre murió y Manuel se enteró cuando ya lo habían sepultado. Tres meses después, en la Librería Nacional de Unicentro, se encontró a la hermana, quien lo saludó y de inmediato le soltó una pregunta que parecía tener atorada en su garganta desde hacía un buen tiempo: "¿ Oye, mi hermano murió de sida?". "Sí". No hablaron más. Cada uno siguió en lo suyo, 
como si no se hubieran visto jamás. (...)


Unos minutos antes, la conversación se había interrumpido para que Manuel pudiera atender a una monja de hábito gris, muy joven, de ojos negros, que vino desde Cereté, en la Costa norte, para llevar alguna información. El abanderado de los gays, de un cabello salpicado de canas prematuras, manos gordas y delicadas, ojos y rostro trigueños, le entregó varios afiches y decenas de folletos didácticos, y la invitó a que volviera. Luego atendió una llamada más -"Aló, Apoyemos"- para confirmar un viaje a Pereira, a dictar una conferencia sobre acompañamiento a enfermos de sida. 


Así, Apoyemos se mueve y trabaja contra el sida como si fuera una gran empresa, de la misma manera que lo hacían a fines de 1994 otras 42 organizaciones no gubernamentales -ONG- en Colombia. Pero en realidad en la 'casa matriz' esa mañana sólo estaba este hombre a ratos femíneo, con un arete en su oreja derecha, que viste sobre su camisa blanca una especie de pañoleta de seda, decorada con brillantes colores verdes, azules y rojos. Muy cerca de su vivienda, ubicada en un pequeño edificio de apartaestudios de Chapinero, esa noche y todas las noches, decenas de adolescentes travestis andan por ahí, por la Avenida Caracas, o más allá, en el centro de la ciudad, ofreciendo sus cuerpos por cualquier migaja de dinero, en un ambiente de droga, delincuencia, prostitución, venéreas y sida. 


Todo ese cuadro de marginalidad hierve en grupos de muchachos donde la orfandad, el desamparo y el abandono son casi la regla general, como lo estableció un estudio de la Cámara de Comercio de Bogotá presentado en junio de 1995 y que abarcó a 200 de estos jóvenes. Apenas el 1 por ciento se sometía con alguna regularidad a exámenes médicos. En el 90 por ciento de los casos sus clientes eran hombres de clase media y alta, que preferían a menores de 16 años, les pagaban entre 2.000 y 7.000 pesos por cada encuentro, les pedían que consumieran droga durante el acto sexual y no aceptaban la solicitud de usar preservativos. 


Tras la muerte del hombre que vino de Nueva York, Manuel siguió desplegando sus energías para difundir aquí y allá información sobre la enfermedad. En hojas de tamaño oficio, de su puño y letra, escribía sobre el nuevo virus, mostraba las primeras estadísticas de muertos en Estados Unidos, explicaba que ya se habían presentado algunos casos en Colombia. Repetía luego esa información, dividiendo la hoja otra vez en cuadrículos, y luego sacaba fotocopias que cortaba y regaba entre sus amigos y conocidos. Era una labor medio romántica. (...) 


Cuando Mario viajó, vino otra reflexión y una nueva rosa para el florero que más adelante se estrellaría contra el piso. Así como se fue él, decenas de miles de seres humanos más se morían entonces en una y otra ciudad, en uno y otro país. El misterioso virus que, al parecer, se incubó en África, muchos años atrás, en un lento y complejo proceso, seguía extendiéndose. Diversas investigaciones de la OMS realizadas en los últimos 15 años en genética viral, pruebas serológicas seleccionadas, análisis retrospectivo de muestras de sangre congeladas y casos clínicos, permiten aseverar que en los años 60, y aun antes, el virus ya prevalecía en el África. El Virus de la Inmunodeficiencia Simiana -SIV- que infecta hasta el 70 por ciento de los monos verdes africanos, parece emparentado con el HIV y tiene una estructura genética muy similar a la del HIV2. El HIV se podría haber cocinado allí, como resultado de mutaciones sufridas por el SIV. 
La epidemia del HIV en África fue en su génesis de trasmisión heterosexual, en un proceso lento y silencioso. Es posible que aun antes de la Segunda Guerra Mundial ya se hubieran presentado casos aislados en el Africa tropical. Al fin de cuentas, allí mismo nació el virus del Ebola, más asesino aunque el VIH. El Ebola también es una infección que se cocinó primero en el organismo de algunos monos salvajes. Ya desde 1967 se reportó su presencia en Marburgo, una ciudad alemana, donde un laboratorio especializado en la fabricación de vacunas importó cuatro monos de Uganda. El Ebola -que ataca todo el sistema de coagulación de la sangre, antes de destruir el hígado y los riñones- reapareció la última vez en abril de 1995 en la ciudad de Kikwit, Zaire, en el corazón mismo de África. Apenas en dos meses dejó más de 150 muertos, que despedían un vómito negro, antes de que se controlara su expansión más allá de las fronteras de esa ciudad de 500.000 habitantes.


No es de extrañar que el virus del sida, entendido como una amenaza contra la humanidad y no contra el grupo de personas seropositivas -que en este caso serían víctimas inocentes-, hirviera en África para luego invadir al mundo occidental, en una suerte de tardía vindicta. De allí, de Occidente, siglos atrás, partían los barcos que llegaban a las costas de África para regresar cargados de miles de negros, sometidos al escarnio de la esclavitud en un paisaje físico y espiritual que no era el suyo. A ese capítulo de la historia de la infamia se sumaría la invasión de franceses, ingleses, españoles, alemanes y belgas que, a partir de 1870, partieron entre sí, como si fuera una gigantesca torta, ese inmenso territorio, exuberante, tórrido y mágico.


Tampoco debe llamar a sorpresa que el VIH posiblemente se desprenda del organismo de los monos verdes, que jamás mueren por el desarrollo del virus. Al fin de cuentas sería una forma más de la que se valdrían los otros animales para cobrar al hombre, visto como especie, la voraz depredación a que sometió el planeta Tierra, convertido en un basurero tóxico, en un inmenso muladar de desechos no biodegradables, con una capa de ozono debilitada, unas fuentes de agua extinguidas y unos bosques que caminan, como la vida misma, hacia la muerte. La especie humana ha destruido, de la mano del capitalismo, una hermosa casa llamada Tierra, que no le pertenece sólo a ella. Los otros huéspedes defienden, a su manera, sus derechos. El sida, en esta perspectiva, es un enemigo que ataca a la sociedad entera, no a hombres y mujeres en particular.


En el caso del sida, aunque los primeros enfermos no fueron definidos como tales sino a partir de 1982, los casos iniciales en Haití y Estados Unidos parecen ocurrir desde los años 60. Fue a comienzos de esa década cuando 17 millones de homosexuales se lanzaron a las calles en Los Ángeles, San Francisco, Nueva York y otras capitales del norte. Mostraron la cara y desnudaron la opresión social y la clandestinidad en que vivían.


Aun así, a comienzos de 1995 todavía la comunidad científica no tenía la certeza absoluta sobre el origen específico del mortal germen que sigue llevándose a los amigos de Manuel, quien bien se puede definir como un sobreviviente de ese cataclismo. El, conservando todavía una dosis de miedo al contagio, sigue desde Apoyemos ayudando a los enfermos. Allí trabaja con las uñas, mediante uno y otro auxilio que la mayoría de las veces él mismo busca. Los afiches los financia con recursos de la Sociedad de Mejoras Públicas; los folletos didácticos los imprime en la tipografía de un seropositivo; el acompañamiento a una persona que desea hacer la prueba lo realiza algún enfermo asintomático que ya vivió esa difícil experiencia; el aviso en el directorio telefónico, que tanto ha servido, lo consiguió a cambio de unas conferencias sobre la epidemia y la forma de prevenir el contagio.


Un grupo de gentes con corazón, la mayoría mujeres, trabaja con él en Apoyemos. Prestan turnos al teléfono, asesoran y acompañan a los enfermos, hacen pedagogía en colegios y universidades. Todos ellos son nobles y silenciosos tramoyistas de esta obra sin final, en que los protagonistas centrales son los seropositivos.


Manuel sigue ahí, haciendo su trabajo, en medio de chapuzones de sus críticos: "Es un vividor del sida, un charlatán. En sus conferencias es agresivo, egocéntrico y promotor del homosexualismo".


Pero él le sale al atajo a esas críticas: "Yo soy bueno en lo que hago. He viajado por 26 países a dictar conferencias sobre el virus, sobre el acompañamiento a enfermos, sobre formas de usar los condones, sobre el trabajo desde organizaciones no gubernamentales. No me han invitado por ser marica".


Continúa en lo suyo, en su cuento, haciendo su aporte a gays y travestis, a padres 
angustiados y personas con paranoia, a madres de familia infectadas por sus esposos o convertidas en seropositivas en alocadas transfusiones de sangre. Lo que jamás volverá a hacer es recoger rosas rojas en los funerales".