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miércoles, 30 de diciembre de 2015

Derecho a la Felicidad, Relatos del Exilio, un aporte a la memoria histórica colombiana

Por Manuel Antonio Velandia Mora
Alicante, 30 de diciembre de 2015
Algunas veces debemos darnos cuenta de que la vida sigue a pesar de que los enemigos de la paz, hagan lo imposible por recordarnos que Colombia es un país en que para algunos pocos el hecho de que alguien piense, sienta o actúe diferente a lo que se espera desde el “deber ser” socializado, es alguien a quien hay que taparle la boca con tierra; alguien que no merece vivir porque “ser distinto” es razón suficiente para declararle enemigo.
He aprendido en la vida que el otro no piensa en contra de mí sino a favor suyo. Y contradictoriamente, estos pocos, no se expresan en el discurso sino en crímenes de odio, ya sean, atentados o amenazas contra ti o contra los seres que amas, entonces, es probable que algunos decidan callar.
Yo decidí NO callarme y seguir en mi lucha desde otros territorios. Preferí refugiarme en otras tierras y buscar el asilo porque al concedérmelos el Gobierno Español le estaba diciendo a Colombia y a sus mandatarios que reconocen que en nuestro país se vulneran los derechos fundamentales y el Estado no cumple con la obligación que tiene como lo es el de proteger adecuadamente a todos sus ciudadanos.
Acepté participar en su proyecto “Relatos en el exilio” y contar mi historia porque creo que es necesario que las personas del común se den cuenta de que somos muchos y muchas quienes vivimos la persecución, la exclusión, el desplazamiento forzado e incluso sufrimos atentados  y amenazas de muerte; que somos muchos los que hemos  tenido que vivir historias de dolor y separación de los seres amados, pero que son otros muchos más, los que a pesar de lo contundentes que son sus circunstancias se ven obligados a permanecer y exponer su vida en su deseo de que la paz sea posible y de que no existan ciudadanos de segunda clase.
Mi participación es un homenaje a quienes siguen luchando para que cesen los vacíos humanos en nuestra sociedad, porque se reconozca que ellos también son víctimas y que el reconocimiento no solo conlleva resarcir emocionalmente a las personas sino sobre todo creando las condiciones para que muchos no salgan y quienes hemos tenido que hacerlo, podamos retornar en las mejores condiciones posibles de paz y seguridad.
Mi participación es un homenaje a quienes siguen luchando para que cesen los vacíos humanos en nuestra sociedad; para que se reconozca que ellos también son víctimas, y que el reconocimiento, no sólo conlleva resarcir emocionalmente a las personas, sino sobre todo: en crear las condiciones para que muchos no salgan y quienes hemos tenido que hacerlo, podamos retornar en las mejores condiciones posibles de paz y seguridad.

Agradezco al Maestro Lisandro Duque, Gerente General de Canal Capital y a su equipo de realización, en especial a Angélica Pérez Pérez y Nicolás Quimbayo, el respeto y el calor humano con el que han realizado el documental. He tenido la oportunidad de ver algunos de los “Relatos en el exilio” y debo decir que yo mismo me he conmovido al escuchar y mirar los ojos de quienes se han autorizado a contar su historia, pues a través de ellos y ellas, he sentido que no estoy solo pero sobre todo que la mía no es una lucha separada ni diferente de otras luchas por la paz.

Espero que el documental denominado  Derecho a la Felicidad, Relatos del Exilio, España, en el que se cuenta mi historia en el exilio logre transmitir el derecho a la diferencia, tan importante en estos tiempos de postguerra colombiana.

miércoles, 1 de junio de 2011

MANUEL, UN SOBREVIVIENTE



Lunes 8 Enero 1996 Edición 710 
Bogotá, Revista Semana.

A tiempo con el día internacional de lucha contra esa enfermedad, la Editorial Temas de Hoy lanzó el libro 'Peregrinos del sida', del periodista Luis Cañón, un recuento de episodios dramáticos de la incidencia...

 "El ramo de 76 rosas rojas, unas mustias, otras lozanas, otras apenas en flor, cayó súbitamente de la mesa de madera tallada al piso del pequeño apartamento, donde Manuel Velandia convive con una gama de pinturas de ventanales misteriosos que no cuentan lo que se esconde detrás de ellos, con pájaros y pescados de vidrio azul cobalto y con una montaña de libros y revistas, folletos y volantes, afiches plegables que hablan del sida: la enfermedad de la noche del amor. 
El apretado florero se rompió y las rosas se esparcieron por el suelo, dejando allí su aroma adolorido. Manuel se arrodilló y las rejuntó. Pensó un instante y en seguida, con algo de rabia, las tiró en un rincón. Fue como un intento vano por desprenderse de una parte de él mismo, por dejar olvidados a la vera del camino afectos y memorias. Pero no, los pétalos endurecidos, de un amarillo luctuoso, siguen allí, recordándole a esos 76 amigos suyos que la furia del VIH se había llevado hasta entonces: junio de 1993. (...)

Todavía no asoma a su rostro medio oculto tras dos gruesos lentes verdes, ni a su voz gruesa que se hace cálida y amable cada vez que responde al teléfono el llamado de personas que buscan orientación y, sobre todo, apoyo. Una rama de dónde agarrarse en medio de esos vendavales interiores que lo sacuden cuando se encuentran, en la realidad o en la imaginación, con el sida.


-Apoyemos, buenas tardes- dice él.
-Señor, tengo una gran angustia. Creo que tengo sida. Tengo fiebre y diarrea y sudo mucho y yo leí que así es el sida. Tengo miedo, mucho miedo.
-Tranquilo, por favor. ¿Cuánto hace que tiene la diarrea?
-Hace como una semana.
-La diarrea da por mil causas y tendría que llevar más de dos meses para creer que es de verdad un síntoma.
-Pero me siento mal, muy solo y afanado. Voy tres y cuatro veces al baño en el día.
-Usted cuenta con nosotros y mire: una diarrea de un seropositivo es hasta de ocho deposiciones diarias.
-Yo creo que me infectaron.
-Habría que ver si es que comió algo que le cayó mal o si es que tiene relaciones sexuales sin los cuidados necesarios, que le puedan generar ese temor.
-Sí, yo tuve una relación hace como un mes y creo que tengo sida.
-Pero el sida puede tardar hasta 10 ó 15 años para aparecer... y la prueba para ver si hay infección se debe hacer tres meses después de la relación.
-¿Verdad?
-Sí, claro.
-Gracias, es que tengo miedo, no sé si debo hacer el examen.
-Puede ser. Habría que pensar en...
-Mire, yo lo vuelvo a llamar.
-Por favor, si quiere seguimos hablando, si quiere hablamos en forma personal. Cuenta con nosotros.
-Gracias, lo vuelvo a llamar.
-Déjeme su número de teléfono.
-Sí, es el 267...


Esas llamadas de personas ansiosas, atrapadas por el pánico y la paranoia, de parientes angustiados, de hijos confundidos por la suerte de sus padres, se repiten a diario a través del viejo teléfono negro que acompaña a Manuel desde hace varios años.
Pequeño y robusto, dueño de un ego que revolotea, Manuel es consciente de que su carácter lo formó en el yunque de quien se atrevió a decirle a la sociedad que sentía distinto. Hace rato ya que lidera la causa de los gays en Colombia. Pelea por reivindicar el derecho a una opción sexual diferente, combate la discriminación contra las minorías sexuales, pone la cara y trabaja en la pedagogía del VIH y el sida, aquí y allá. (...)


Manuel, explorando caminos, tuvo en la universidad su primera relación homosexual. Lo comentó con dos compañeras de clase, mientras guardaba silencio en su casa. Poco a poco descubría la atracción que ejercían sobre él las personas de su mismo sexo. La familia miraba su comportamiento con relativo respeto, tal vez con excepción de una hermana que, alarmada, le ofreció tratamiento de especialistas, hospitalización, ayuda sicológica, lo que fuera. Pero él tomó distancia y se reafirmó en lo que quería. (...)


Hacia 1979 le escribió a León Zuleta, un gay de Medellín que trabajaba duro contra las murallas sociales. Hablaba de una organización gay en Colombia, que sólo existía en su imaginación. Se cruzaron cartas con Manuel, hubo identidad de propósitos y se juntaron en una primera reunión en Bogotá, a la que asistieron 35 homosexuales más.
Palabras, discursos, elocuencia, verbo hubo al por mayor y en esos terrenos Manuel se mueve bien.


Desde entonces, sus críticos hablan de su ego desmesurado, de su afán de figuración, de su carreta. Dicen que no vive para sus causas, sino que vive de sus causas. Él se defiende. En toda tarea quijotesca, piensa, no sólo hay que trabajar con las uñas, sino con la incomprensión. De los de adentro que cuestionan y ponen trabas y de los de afuera que quieren aplanar con el rodillo de la tradición toda diferencia.

En el camino, de manera adventicia, una mañana cualquiera de junio de 1984 se encontró con Marleny. (...) "Primer caso de sida en Colombia. Muere prostituta en Cartagena. Hace tres días falleció en el Hospital Universitario de esta capital Marleny N., una joven prostituta que murió víctima del sida, tras...".


La noticia lo atrajo porque él venía trabajando en el frente de la prevención de enfermedades venéreas entre homosexuales: sífilis, gonorrea, herpes genital y otras. A través de la múltiple correspondencia que mantenía con grupos gays de Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Holanda y otros países desarrollados, había recibido alguna información sobre la epidemia que azotaba a los homosexuales en América del Norte y Europa, que golpeaba a personas con historias nutridas de venéreas. "Ya está en Colombia ese virus, pero qué extraño que sea una mujer", pensó. (...)


Hombre acelerado y académico, fue a donde un buen amigo y le pidió que le prestara el bar para dictar una conferencia sobre la epidemia del sida , que ya llegaba a Colombia. Le explicó que el blanco favorito de esa enfermedad eran los homosexuales, le comentó que crecía la alarma por ese problema en Estados Unidos y que la inminente celebración del Día Mundial de los Gays ofrecía un entorno ideal. Recibió la aprobación necesaria y, ya en su casa tomó úna hoja tamaño oficio y repitió en ocho cuadrados, trazados con lápiz y escritos a mano el mismo texto:
"Invitación. Tema: conferencia sobre el sida. Conferencista: Manuel Velandia. Hora: 3 PM Lugar: bar Amigos Fecha: 28 de junio, Día Mundial de los Gays". Sacó 15 copias de la hoja, cortó los cuadrículos y se dedicó a repartir las 120 invitaciones entre la población homosexual masculina de la ciudad.


La que sería la primera conferencia pública sobre el sida en Colombia estaba en marcha. Sólo que de una manera subrepticia, con una escasa docena de asistentes, en un sencillo bar. En Estados Unidos, en cambio, el asunto ya era un problema sanitario de marca mayor: el CDC de Atlanta, el Instituto Nacional del Cáncer y decenas de organismos federales le metían mano y recursos. Cinco mil muertos confirmaban la epidemia que se desataba, los homosexuales pedían a gritos alguna droga milagrosa, los hábitos sexuales empezaban a cambiar y la ciencia recibía una dura lección. (...)


"Pero era muy contradictoria la cosa. Yo hablaba de una enfermedad que atacaba a los homosexuales y citaba el hecho de que ya una mujer había muerto en Colombia. La gente me cuestionaba por eso. En esa primera reunión se decidió que el tema no era importante, que era un tema problema sobre todo para los norteamericanos y no para nosotros, que a nosotros no nos iba a afectar. Yo les decía que muchos teníamos relaciones con extranjeros, que otros viajaban a vacaciones a San Francisco, Nueva York, Los Ángeles, Miami, y que allá se podían contagiar. Les recordé que el ambiente gay allá era muy permisivo, que no había ni siquiera que entablar un diálogo para tener una relación. Pero no logré despertar mayores inquietudes". (...)


Hasta que un buen día la enfermedad se le apareció en carne y hueso. Un hombre antioqueño, de unos 38 años de edad, venía de Nueva York a morir en Colombia, junto a sus familiares. Se llamaba Rodolfo, era gay y había vivido durante 15 años en Estados Unidos. A través de una asociación de homosexuales, le escribió a Manuel pidiendo ayuda y compañía.


"A pesar de estar tan enfermo, porque él vino con el virus desarrollado, era muy atractivo. Era un hombre especial, alto, blanco, muy tierno. Su familia en Colombia era muy adinerada y prestante. El principal temor que él tenía era que ellos fueran a saber que era gay o que fueran a saber que tenía sida, porque iban a sospechar de su homosexualidad. No buscó consulta médica. Ya había escrito a su familia que tenía un cáncer terminal y que sólo quería venir a morir acá, y que no aceptaba tratamiento alguno porque ya estaba desahuciado. Su familia respetó esa decisión".

La experiencia fue muy difícil. Una cosa era hablar del sida a partir de folletos y otra muy distinta ver a ese hombre enfermo, atrapado por la muerte. Manuel no recibía ni jugo, ni café, ni agua siquiera, cada vez que lo visitaba. "Gracias, pero acabé de almorzar". "Antes de venirme tomé onces", eran sus disculpas más corrientes. "La contradicción era tenaz, yo no recibía nada por temor al contagio. Pensaba a la vez que alguien de la familia podría resultar infectado y no les decía nada porque ese era mi compromiso con él. Entonces me sentía mal cada vez que iba allí".


(...) Manuel, sentado en una silla china , contemplaba el rostro deteriorado de su anfitrión. El cabello se le caía a montones, los huesos cada vez se le marcaban más en los pómulos, en la frente, en la quijada. Entonces lo veía como una posibilidad estética. Siempre había querido pintar un cadáver y por momentos esa era la imagen que veía al frente. Pero reaccionaba confundido para intentar, sin mucho éxito, reanimar a su extraño interlocutor. 



El hombre murió y Manuel se enteró cuando ya lo habían sepultado. Tres meses después, en la Librería Nacional de Unicentro, se encontró a la hermana, quien lo saludó y de inmediato le soltó una pregunta que parecía tener atorada en su garganta desde hacía un buen tiempo: "¿ Oye, mi hermano murió de sida?". "Sí". No hablaron más. Cada uno siguió en lo suyo, 
como si no se hubieran visto jamás. (...)


Unos minutos antes, la conversación se había interrumpido para que Manuel pudiera atender a una monja de hábito gris, muy joven, de ojos negros, que vino desde Cereté, en la Costa norte, para llevar alguna información. El abanderado de los gays, de un cabello salpicado de canas prematuras, manos gordas y delicadas, ojos y rostro trigueños, le entregó varios afiches y decenas de folletos didácticos, y la invitó a que volviera. Luego atendió una llamada más -"Aló, Apoyemos"- para confirmar un viaje a Pereira, a dictar una conferencia sobre acompañamiento a enfermos de sida. 


Así, Apoyemos se mueve y trabaja contra el sida como si fuera una gran empresa, de la misma manera que lo hacían a fines de 1994 otras 42 organizaciones no gubernamentales -ONG- en Colombia. Pero en realidad en la 'casa matriz' esa mañana sólo estaba este hombre a ratos femíneo, con un arete en su oreja derecha, que viste sobre su camisa blanca una especie de pañoleta de seda, decorada con brillantes colores verdes, azules y rojos. Muy cerca de su vivienda, ubicada en un pequeño edificio de apartaestudios de Chapinero, esa noche y todas las noches, decenas de adolescentes travestis andan por ahí, por la Avenida Caracas, o más allá, en el centro de la ciudad, ofreciendo sus cuerpos por cualquier migaja de dinero, en un ambiente de droga, delincuencia, prostitución, venéreas y sida. 


Todo ese cuadro de marginalidad hierve en grupos de muchachos donde la orfandad, el desamparo y el abandono son casi la regla general, como lo estableció un estudio de la Cámara de Comercio de Bogotá presentado en junio de 1995 y que abarcó a 200 de estos jóvenes. Apenas el 1 por ciento se sometía con alguna regularidad a exámenes médicos. En el 90 por ciento de los casos sus clientes eran hombres de clase media y alta, que preferían a menores de 16 años, les pagaban entre 2.000 y 7.000 pesos por cada encuentro, les pedían que consumieran droga durante el acto sexual y no aceptaban la solicitud de usar preservativos. 


Tras la muerte del hombre que vino de Nueva York, Manuel siguió desplegando sus energías para difundir aquí y allá información sobre la enfermedad. En hojas de tamaño oficio, de su puño y letra, escribía sobre el nuevo virus, mostraba las primeras estadísticas de muertos en Estados Unidos, explicaba que ya se habían presentado algunos casos en Colombia. Repetía luego esa información, dividiendo la hoja otra vez en cuadrículos, y luego sacaba fotocopias que cortaba y regaba entre sus amigos y conocidos. Era una labor medio romántica. (...) 


Cuando Mario viajó, vino otra reflexión y una nueva rosa para el florero que más adelante se estrellaría contra el piso. Así como se fue él, decenas de miles de seres humanos más se morían entonces en una y otra ciudad, en uno y otro país. El misterioso virus que, al parecer, se incubó en África, muchos años atrás, en un lento y complejo proceso, seguía extendiéndose. Diversas investigaciones de la OMS realizadas en los últimos 15 años en genética viral, pruebas serológicas seleccionadas, análisis retrospectivo de muestras de sangre congeladas y casos clínicos, permiten aseverar que en los años 60, y aun antes, el virus ya prevalecía en el África. El Virus de la Inmunodeficiencia Simiana -SIV- que infecta hasta el 70 por ciento de los monos verdes africanos, parece emparentado con el HIV y tiene una estructura genética muy similar a la del HIV2. El HIV se podría haber cocinado allí, como resultado de mutaciones sufridas por el SIV. 
La epidemia del HIV en África fue en su génesis de trasmisión heterosexual, en un proceso lento y silencioso. Es posible que aun antes de la Segunda Guerra Mundial ya se hubieran presentado casos aislados en el Africa tropical. Al fin de cuentas, allí mismo nació el virus del Ebola, más asesino aunque el VIH. El Ebola también es una infección que se cocinó primero en el organismo de algunos monos salvajes. Ya desde 1967 se reportó su presencia en Marburgo, una ciudad alemana, donde un laboratorio especializado en la fabricación de vacunas importó cuatro monos de Uganda. El Ebola -que ataca todo el sistema de coagulación de la sangre, antes de destruir el hígado y los riñones- reapareció la última vez en abril de 1995 en la ciudad de Kikwit, Zaire, en el corazón mismo de África. Apenas en dos meses dejó más de 150 muertos, que despedían un vómito negro, antes de que se controlara su expansión más allá de las fronteras de esa ciudad de 500.000 habitantes.


No es de extrañar que el virus del sida, entendido como una amenaza contra la humanidad y no contra el grupo de personas seropositivas -que en este caso serían víctimas inocentes-, hirviera en África para luego invadir al mundo occidental, en una suerte de tardía vindicta. De allí, de Occidente, siglos atrás, partían los barcos que llegaban a las costas de África para regresar cargados de miles de negros, sometidos al escarnio de la esclavitud en un paisaje físico y espiritual que no era el suyo. A ese capítulo de la historia de la infamia se sumaría la invasión de franceses, ingleses, españoles, alemanes y belgas que, a partir de 1870, partieron entre sí, como si fuera una gigantesca torta, ese inmenso territorio, exuberante, tórrido y mágico.


Tampoco debe llamar a sorpresa que el VIH posiblemente se desprenda del organismo de los monos verdes, que jamás mueren por el desarrollo del virus. Al fin de cuentas sería una forma más de la que se valdrían los otros animales para cobrar al hombre, visto como especie, la voraz depredación a que sometió el planeta Tierra, convertido en un basurero tóxico, en un inmenso muladar de desechos no biodegradables, con una capa de ozono debilitada, unas fuentes de agua extinguidas y unos bosques que caminan, como la vida misma, hacia la muerte. La especie humana ha destruido, de la mano del capitalismo, una hermosa casa llamada Tierra, que no le pertenece sólo a ella. Los otros huéspedes defienden, a su manera, sus derechos. El sida, en esta perspectiva, es un enemigo que ataca a la sociedad entera, no a hombres y mujeres en particular.


En el caso del sida, aunque los primeros enfermos no fueron definidos como tales sino a partir de 1982, los casos iniciales en Haití y Estados Unidos parecen ocurrir desde los años 60. Fue a comienzos de esa década cuando 17 millones de homosexuales se lanzaron a las calles en Los Ángeles, San Francisco, Nueva York y otras capitales del norte. Mostraron la cara y desnudaron la opresión social y la clandestinidad en que vivían.


Aun así, a comienzos de 1995 todavía la comunidad científica no tenía la certeza absoluta sobre el origen específico del mortal germen que sigue llevándose a los amigos de Manuel, quien bien se puede definir como un sobreviviente de ese cataclismo. El, conservando todavía una dosis de miedo al contagio, sigue desde Apoyemos ayudando a los enfermos. Allí trabaja con las uñas, mediante uno y otro auxilio que la mayoría de las veces él mismo busca. Los afiches los financia con recursos de la Sociedad de Mejoras Públicas; los folletos didácticos los imprime en la tipografía de un seropositivo; el acompañamiento a una persona que desea hacer la prueba lo realiza algún enfermo asintomático que ya vivió esa difícil experiencia; el aviso en el directorio telefónico, que tanto ha servido, lo consiguió a cambio de unas conferencias sobre la epidemia y la forma de prevenir el contagio.


Un grupo de gentes con corazón, la mayoría mujeres, trabaja con él en Apoyemos. Prestan turnos al teléfono, asesoran y acompañan a los enfermos, hacen pedagogía en colegios y universidades. Todos ellos son nobles y silenciosos tramoyistas de esta obra sin final, en que los protagonistas centrales son los seropositivos.


Manuel sigue ahí, haciendo su trabajo, en medio de chapuzones de sus críticos: "Es un vividor del sida, un charlatán. En sus conferencias es agresivo, egocéntrico y promotor del homosexualismo".


Pero él le sale al atajo a esas críticas: "Yo soy bueno en lo que hago. He viajado por 26 países a dictar conferencias sobre el virus, sobre el acompañamiento a enfermos, sobre formas de usar los condones, sobre el trabajo desde organizaciones no gubernamentales. No me han invitado por ser marica".


Continúa en lo suyo, en su cuento, haciendo su aporte a gays y travestis, a padres 
angustiados y personas con paranoia, a madres de familia infectadas por sus esposos o convertidas en seropositivas en alocadas transfusiones de sangre. Lo que jamás volverá a hacer es recoger rosas rojas en los funerales".

martes, 17 de mayo de 2011

Me llamo Manuel, soy gay, soy colombiano y tengo los mismos derechos que tú

Por 

17 de mayo de 2011

Plaza Catalunya, Barcelona 2009 - Foto by Bunkerglo

Aunque en 1990 la Organización Mundial de la Salud eliminó de su clasificación internacional de enfermedades la orientación sexual  como trastorno de salud, han pasado 21 años y, por lo menos en Colombia, parece que mucha gente no se ha enterado de eso. Empezando por el Alejandro Ordoñez, el Procurador General de la Nación, que nos ha hecho saber de manera permanente y reiterativa que tanto y como es homofóbico. 

Ser homosexual en Colombia para este personaje, pero también para aún buena parte de la población, es un delito. La opción sexual distinta a la heterosexual es una perversión que hay que condenar o una enfermedad que hay que curar. 

La condición homosexual como opción individual tropieza con muchísima más frecuencia que lo que se cree, con el libre desarrollo a la personalidad consagrada en el artículo 16 de la Constitución Política. Las normas o doctrina vinculante del derecho, empezando por el derecho a la vida (artículo 11), a la protección y goce de derechos y libertades sin discriminación (artículo 13), o el de reconocimiento de persona jurídica (artículo 14), terminan siendo palabras, tan solo palabras como dice la canción. En la dinámica social y política nacional esta es una comunidad, como casi todas en condición de minoría en el país, que se baten, día a día, por un reconocimiento en igualdad de condiciones.

No de otra manera se explica que entre 2008/2009 en Colombia, según fuentes oficiales citadas por Colombia Diversa, hayan sido asesinados al menos 127 personas de la comunidad LGTB (Lesbianas, Gays, Bisexuales y Transgénero) y tres de estas víctimas fueran defensores de los derechos humanos de esta comunidad. 

"En 2008, las relaciones sexualesentre personas del mismo sexo eran condenables por la muerte en 7 países y eran consideradas como una forma de crimen en otros 80. En la mayoría de países del mundo, a las personas de la comunidad lesbiana, gay, bisexual, transexual, intersexual, queer, etc., se les niegan sus derechos humanos fundamentales tal como estos son definidos, entre otros, por la Declaración Universal de Derechos Humanos, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales”.  

Y esto no parece cambiar. Aunque quizás ya no por vía de las constituciones, los jóvenes siguen siendo víctimas del acoso, la hostilidad y el hostigamiento homofóbico llevándolos a situaciones de depresión, aislamiento, desesperación y finalmente al suicidio. 

Sin embargo, es mucho más lo que se debe hacer en el ámbito de la educación y la cultura desde una perspectiva de derechos humanos en la sociedad, que lo que la misma Corte Constitucional pueda fijar como derrotero para las garantías y protección, en condición de igualdad, de esta comunidad. El matrimonio entre personas del mismo sexo y la adopción de niños y niñas por parte de parejas del mismo sexo quizás no tenga tropiezos en el orden normativo nacional, pero si en el ámbito de una sociedad que todos lo quiere hacer al escondido.

Manuel Velandia Mora by Bunkerglo 2009 - Barcelona
Me llamo Manuel, soy gay, soy colombiano y tengo los mismos derechos que tú, como titulé este breve post solo tiene como propósito rendir un homenaje a un destacado defensor de los derechos humanos de esta comunidad, y a través de él a todos sus defensores.  

Su camino no ha sido fácil. Aunque fue perseguido y hostigado por su condición homosexual que lo llevó a buscar refugio en España, Manuel ha conseguido vivir plenamente la vida desde su sensibilidad de artista. Su incansable curiosidad por el ser humano lo ha llevado a acumular especializaciones y doctorados juiciosamente adelantados, blindando su irreductible respeto por el Otro y su profunda dimensión de la solidaridad y la dignidad humanas.

No permitas la homofobia


Manuel Antonio Velandia Mora
España, mayo de 2011

El 17 de mayo se celebra el Día Internacional contra la Homofobia, Lesbofobia y la Transfobia, conmemorando que en 1990 la Organización Mundial de la Salud aceptó oficialmente la homosexualidad como una variación natural de la sexualidad humana, al retirar la homosexualidad de su lista de desórdenes mentales, pero ello no ha acabado con la homofobia, es más en algunas personas, ciudades y países se ha incrementado.


Desde 1990, la comunidad científica internacional se opone a todos los enfoques que consideran la homosexualidad como una “enfermedad” que debe ser "curada"; pero si hay una enfermedad que requiere tratamiento, esta es la homofobia, porque quien está afectado por ella no solo se produce daño emocional a sí mismo y a los demás, y en muchos casos hacen a quienes son objeto de su fobia, victimas de exclusión social, discriminación, estigma, desplazamiento forzado, lesiones físicas, encarcelamiento, pena de muerte e inclusive asesinato y de otros crímenes de odio que refuerzan los sentimientos de culpa y baja autoestima, aumentan el sufrimiento psicológico y en algunos casos extremos llevan a las personas al suicidio, a abandonar sus familias y los pueblos en los que han nacido.

Difundir o vivir el desorden mental de la homofobia, la lesbofobia y la transfobia, incita a la discriminación, la violencia y los asesinatos, a crear leyes en las que las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo conducen a la pena de muerte en 7 países y eran consideradas como una forma de crimen en otros 80.

En la mayoría de países del mundo, a las personas de la comunidad lesbiana, gay, bisexual, transexual, intersexual, queer, etc., se les niegan sus derechos humanos fundamentales tal como estos son definidos, entre otros, por la Declaración Universal de Derechos Humanos, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales.

En Colombia, las personas homosexuales y lesbianas tienen derechos civiles reconocidos. El Alto Tribunal decidió incluir a las parejas del mismo sexo dentro del concepto de "compañero permanente", a partir de la fecha (28 de enero de 2009) estas parejas se verán cubiertas por diferentes derechos en materia civil, penal, política, migratoria, social y económica, que les permitirán estar en igualdad de condiciones con las parejas heterosexuales que vivan en unión libre; sin embargo, las personas transexuales no tiene derecho a tratamiento hormonal o a operaciones que cambian su morfología corporal, pero no por ello han dejado de vulnerarse sus derechos; algunos políticos aun no aceptan las uniones civiles y se han recortado prestaciones de servicios asistenciales y para la prevención del sida, esto facilita su vulnerabilidad frente al VIH, incrementa la falta de adherencia a los tratamientos inhibidores del VIH disminuyendo la esperanza de vida de las personas, acercándolas a la muerte.

La homofobia, la lesbofobia y la transfobia nos afectan directamente, son más de cien los homosexuales, lesbianas, transexuales y travestis que han sido amenazado de muerte; mujeres lesbianas, homosexuales y trans han sido agredid*s física y verbalmente en las calles y en espacios comerciales. Somos muchos los que hemos pedido asilo en Estados Unidos, Canadá, Reino Unido y España, no siempre lo conceden pero algunos ya lo hemos logrado, siendo este un reconocimiento internacional de la vulneración a los derechos que existe en Colombia.

La consideración de la orientación sexual y la identidad de género como un derecho humano fundamental implica además la creación de servicios de información y apoyo a personas LGTBI, leyes integrales para personas transexuales, que aborden todos los ámbitos en los que necesitan apoyo institucional para superar la transfobia, iniciativas encaminadas a asegurar la salud integral, la prevención del VIH, la articulación de políticas específicas de igualdad hacia los colectivos más discriminados dentro de la realidad lésbica, gay, transexual y bisexual: las personas mayores, las mujeres, las y los adolescentes, las diversas funcionalmente, seropositivas, inmigradas, hombres y mujeres transexuales; y que, las autoridades religiosas condenen firmemente el uso de discursos que proponen y/o impulsan procesos de “reparación” de la homosexualidad y transexualidad, y que promuevan el respeto de la diversidad sexual y de la identidad de género como variaciones de la sexualidad humana.

En esta acción me uno a todas las organizaciones en todos los países del mundo en la que cada un* de sus miembros se han abanderado de su derecho a Ser y estar siendo ciudadanos plenos y sujetos plenos de derechos, para exigir que en su contra no se ejerza  sin ningún tipo de violencia justificada en contenidos LGTBIfobicos.

No permitas que nadie te oculte, no permitas que nadie te diga qué hacer con tu cuerpo, con tu sexualidad, con tu libertad, no permitas que tu propia homofobia sea el espacio para que otros te separen, aíslen, excluyan. 

Convocamos a las personas LGTBI y demás personas coherentes con los derechos humanos a que pidan atención política a los políticos para que los derechos de las personas LGTBI en Colombia y el mundo sean una realidad.

Entre todos podemos construir un mundo diferente, no ocultes tu voz, no acalles tus miedos, lucha por tus derechos, di No a la homofobia, se parte de la movilización mundial contra la homofobia, autorízate para que en cada ciudad colombiana y del mundo, se pueda Ser.

Curas que matan, iglesias que odian

Manuel Antonio Velandia Mora
España Mayo de 2011

Este post es un análisis sobre la vocería de la iglesia católica apostólica en el tema de los derechos de las parejas del mismo sexo en Colombia y el liderazgo que afirma tener, especialmente de quienes no están de acuerdo con dichos derechos, también analiza su interés en curar la homosexualidad, una muestra típica de homofobia contra la que se lucha mundialmente este 17 de mayo.

La Iglesia católica apostólica es la iglesia cristiana más grande del mundo, con 1.181 millones de bautizados, el 17,40% de la población mundial, según los datos recogidos por el Anuario Pontificio de 2011.[1] No hay un informe de cuántos católicos apostólicos hay en Colombia, pero cabe recordar que en este país hasta la constitución de 1991 el catolicismo era la religión oficial, año en que el país dejo de ser oficialmente el "país del sagrado corazón".

Quien dirige un proceso asume un papel de liderazgo que se da a partir del reconocimiento que los demás actores sociales le proveen; es decir, entre quien ejerce las funciones de líder y la comunidad en la que el líder está inmerso existe una interrelación, interafectación e interdependencia. La iglesia católica apostólica se asume líder de los cristianos en Colombia pero no todos los cristianos la reconocen como tal, mucho menos lo hacen los líderes de otras iglesias cristianas.

No todos los católicos apostólicos que aparecen en las estadísticas de bautizados son practicantes, es más, algunos teóricos consideran que de los bautizados l*s practicantes realmente son una minoría y que de dicha minoría solo un porcentaje, no se sabe cuál, su opinión se corresponde con la opinión de la Iglesia católica apostólica que dice representarlos. Las encuestas de opinión sobre el tema de los derechos de las parejas del mismo sexo demuestran un favoritismo que se incrementa y que parece estar en función inversa a la opinión de dichas jerarquías.

La jerarquía católica apostólica ha venido presentando divisiones en cuanto al tema de la sexualidad y los derechos sexuales, hasta el mismo Papa se ha retractado, por ejemplo, en el tema de los condones. En consecuencia la jerarquía solo se representa a sí misma; en consecuencia a una fracción jerárquica y no al “pueblo de Dios”, mejor dicho a una mínima fracción de ese 17,4% de la población.

Por otra parte cabe preguntarse por qué quienes dicen ser representantes de los derechos de los pobres, es decir de los desfavorecidos,  no están de acuerdo con la igualdad de este tipo de derechos humanos. La excusa desde la Conferencia Episcopal de Colombia, en boca de monseñor Rubén Salazar, es que los homosexuales no deben ni pueden casarse ni adoptar niños, porque tales situaciones afectarían a la familia como núcleo esencial de la sociedad. Contradicción fragrante con la afirmación que lo tiene como fuente  en la que se lee que dicha iglesia “está profundamente interesada en que sean reconocidos y eficazmente tutelados los legítimos derechos de todos los ciudadanos”.

No me interesa traer a colación aquí que jerarcas de la iglesia católica han sido acusados y condenados incluso por la misma iglesia por la vulneración de los derechos sexuales de sus feligreses, dado que la pederastia no es exclusiva de dicha jerarquía pues está presente en otras iglesias cristianas y en toda la sociedad. Me interesa más bien el tema de los crímenes de odio y su relación con la Iglesia Católica que no es vocera ni de sí misma pero si comete e incita a los crímenes de odio, entre ellos pretender curar la homosexualidad.

Un crimen de odio es un delito dirigido contra una persona o un grupo de personas a causa de los prejuicios o del odio del autor hacia la raza, el origen étnico, la religión, la orientación sexual, la identidad de género u otra característica de la persona o del grupo. Los crímenes de odio, además de amenazar la seguridad y el bienestar de todos los ciudadanos infligen a las victimas un daño emocional incalculable. Me pregunto si producir daño emocional puede entenderse como una misión jerárquica católica; además si para dicha iglesia es claro que envían a todos los miembros del grupo al que pertenece la victima un mensaje de intolerancia y de discriminación muy fuerte, intolerancia que puede motivar la de otras personas y grupos.

Recordemos que en Colombia, en la Cámara de Representantes, Venus Albeiro Silva ya presentó un proyecto de ley que tipificaría algunos “crímenes de odio”; estos se relacionan con los asesinatos de personas LGTB, pero se trata de una modalidad de delito deshumanizante que no tiene que estar relacionada exclusivamente con el asesinato sino además con la violencia emocional, como hacer sentir a alguien enfermo por causa de su orientación sexual.

Puede considerarse que pretender curar una enfermedad que no existe es igualmente un crimen de odio. La llamada "terapia reparativa", aplicada a menudo con el apoyo de corrientes religiosas, refuerza los sentimientos de culpa y baja autoestima.
Este 17 de mayo se celebra el Día Internacional contra la Homofobia, Lesbofobia y Transfobia, conmemorando que en 1990, en un hecho histórico, la Organización Mundial de la Salud (OMS) aceptó oficialmente la homosexualidad como una variación sana y natural de la sexualidad humana, por ello la comunidad científica internacional se opone a todos los enfoques que consideran la homosexualidad como una “enfermedad” que debe ser "curada".

Las personas LGTBI exigen a las autoridades religiosas condenar firmemente el uso de discursos que proponen y/o impulsan procesos de “reparación” de la homosexualidad y transexualidad, y que promuevan el respeto de la diversidad sexual y de la identidad de género como variaciones de la sexualidad humana.

¿Qué hacer si soy víctima de un crimen de odio?
La Comisión de Derechos Civiles de Puerto Rico propone algunas alternativas frente a los crímenes de odio; no todas aplican contra la Iglesia católica y sus crímenes de odio, pero es hora de hacer valer los derechos que se tienen como persona, ciudadano y sujeto de derechos. Además es válida para otras situaciones en las que se es víctima de estigma y discriminación:
  • Notifique inmediatamente a la Policía, la Defensoría del pueblo, las Veedurías ciudadanas[2] y la Procuraduría General de la Nación y asegúrese de informarles las razones por las cuales usted considera que se trata de un crimen de odio;
  • Asegúrese de que dichas entidades tomen nota  de las circunstancias que llevarían a  concluir que se trata de un crimen de odio;
  • Obtenga o solicite atención médica (de necesitarla);
  • Trate de escribir las palabras exactas que se dijeron y cualquier otra información que pueda ser útil;
  • Proteja cualquier evidencia del delito;
  • Si es posible saque fotos o video como evidencia del delito;
  • Obtenga nombres, direcciones y teléfonos de otras víctimas y testigos;
  • Trate de obtener una descripción detallada del que cometió el delito con suficiente especificidad de rasgos particulares (marcas, cicatrices, tatuajes);
  • Si la persona u organización que cometió el delito utilizó algún vehículo, trate de obtener los datos del mismo (placa, marca, modelo, color, año);
  • Comuníquese con organizaciones comunitarias o grupos de apoyo así como con las organizaciones defensoras de derechos civiles o derechos humanos.

¿Qué podemos hacer como comunidad para evitar los crímenes de odio?
  • Hablar en contra del odio y la intolerancia y a favor del amor y la inclusión;
  • Apoyar a las víctimas;
  • Pedir a los funcionarios públicos que expresen su oposición contra los crímenes de odio;
  • Establecer una red contra los crímenes de odio que incluya a agentes del orden público, agencias gubernamentales, la  judicatura, escuelas, organizaciones comunitarias, líderes políticos, grupos de apoyo, etc.;
  • Promover medidas legislativas en contra de los crímenes de odio;
  • Educar a la ciudadanía
  • Estas acciones son igualmente importantes frente a paramilitares y demás organizaciones político-militares que hacen de los crímenes de odio parte de su actuar cotidiano.


[2] Reglamentadas en Colombia por la Ley 850 del 2003 y el Acuerdo 142 de 200